lunes, 8 de septiembre de 2014

Valerie Trierweiler



Quina por
la querida y admirada Francia ha entrado de lleno en las feas costumbres norteamericanas.
se ha roto con la privacidad de la vida frente a lo publico, se ha roto con aquella imagen que (a mi al menos me impresionó que fue el entierro de F. Mitterand, con esposa, amante e hija "ilegitima") un acto de modernidad civilizada.
hoy una mujer despechada cuenta con ambición de lucro las miserias de cama (o de privacidad) sin preguntarse que hacia ella durante el tiempo que paso con quien hoy denomina de monstruo.
Sra. W. lo siento no queda Vd, muy bien. Si volviera Robespierre seguramente seria Vd. Maria Antonieta.

Vd. ha compartido con ese hombre los fastos (por cierto con cara de estar encantadda. Ha compartido parte de su carrera con el que Vd. llama un falso y posiblemente no ha tenido `problemas morales
Mi miedo actual viene de rotas las barreras en Francia, cuanto tardaremos en España o Catalunya en romper estos limites.
y me suvblebo, no quiero saber con quien o como folla ninfun alcalde, presidente autonomico o lo que sea. Quiero saber cual es su proyecto politico, sus acciones, sus mentiras.
y no me sirve argumentar que quien es infiel en lo privado dificilmente puede ser creible.
Conocemos muy buenos catolicos capaces de estafar sin limites ni fronteras. Personas de convicciones religiosas fuertes y vida personal ejemplar que acaban en la vida publica como autenticos estafadores.
Por favor volvamos a Maquiavelo y a la diferencia entre moral privada y publica.



Valérie Trierweiler, el éxito de una traición

El libro de la excompañera del presidente francés François Hollande se vende por miles en un solo día agotando las existencias

 París 6 SEP 2014 El País

El día que el presidente francés, François Hollande, reconoció a su pareja, Valérie Trierweiler, que la había engañado durante meses con la actriz Julie Gayet, aquella le amenazó: “Te destruiré”. La venganza se ha cristalizado esta semana en forma de libro —Gracias por este momento—, un relato indiscreto y malicioso de la vida íntima de su antiguo compañero. Frente a un político en horas bajas (su valoración, del 13%, es históricamente baja), miles de franceses han premiado la traición de Trierweiler lanzándose a la compra de ejemplares. Las librerías del país se han quedado prácticamente sin existencias para el fin de semana.
Valérie Trierweiler era una desconocida. Dirigía una tertulia política en la cadena de televisión Direct 8 y su nombre empieza a aparecer en la prensa fuera de las secciones de programación televisiva cuando en 2007 se conoce su relación sentimental con el entonces secretario del Partido Socialista. La desvela la revista del corazón Closer, la misma que siete años más tarde le daría el disgusto de su vida publicando las escapadas secretas del palacio del Elíseo del ya presidente, en moto, para visitar a su amante.
Ahora, Trierweiler es una de las mujeres más famosas de Francia y, gracias a su libro, puede que gane de un golpe mucho más dinero del que le reportó nunca su labor periodística. La maquinaria de mercadotecnia puesta en marcha por la editorial (Les Arènes) y la propia periodista ha sido planeada meticulosamente para que el golpe fuera duro e imparable. 200.000 ejemplares para un proyecto secreto del que Hollande fue informado solo tres días antes de salir a la venta.
La presidencia de Nicolas Sarkozy abrió una nueva era otorgando a la primera dama un protagonismo antes nunca visto en el Elíseo debido a su relación con la cantante y modelo Carla Bruni. Su sucesor, mal que le pese, ha seguido la estela hasta ser víctima del retrato íntimo más descarnado y letal para un jefe del Estado francés en ejercicio.
— ¿Te lleva mucho tiempo ponerte así de guapa?, dice Trierweiler que le preguntó un día Hollande cuando la infidelidad con Gayet ya era conocida.
— Sí, un poco.
— Por otra parte, no se te exige otra cosa.
Por mucho que ahora ella pretenda edulcorar la lectura de su libro, asegurando (lo que es cierto) que en él también expresa su admiración hacia la inteligencia, la sagacidad y el sentido del humor del presidente de la República, anécdotas como la conversación privada mencionada son demasiado elocuentes acerca de los objetivos del relato.

El apoyo de Hollande a Royal para presidir la Asamblea Nacional desató una crisis en la pareja
“Se presenta como el hombre al que no le gustan los ricos. En realidad, no le gustan los pobres. Él, hombre de izquierdas, les llama en privado los desdentados, muy orgulloso de su sentido del humor”, dice en el libro.
La tendencia de los sin dientes (#lessansdents) ya ha cosechado un cierto éxito en las redes sociales. La cita más destructiva del relato de Trierweiler se ha instalado en la vida social y política francesa. Un librero francés aseguraba ayer que el éxito de ventas puede ser flor de un día. Pero el daño ya está hecho para un político de baja valoración popular que gestiona un país sumido en la crisis política y económica. Ayer, en la cumbre de la OTAN, respondió con firmeza a tan grave acusación: “Nunca aceptaré que se cuestione el compromiso político de toda mi vida política. Yo estoy al servicio de los franceses y, especialmente, al servicio de los más pobres y los más necesitados”.
“¿François Hollande y los desdentados? ¿De verdad cree usted que esta frase es creíble? Es lo contrario de su compromiso político”, declaraba previamente la ministra de Ecología Ségolène Royal, la madre de los cuatro hijos del presidente y la eterna rival de Trierweiler. Para la periodista, devorada por los celos aun una vez alcanzado el palacio presidencial, Royal es su obsesión, su pesadilla, para demostrar, una vez más, que la felicidad tampoco es completa en las alturas. La que también fue candidata a la presidencia de la República frente a Sarkozy acariciaba la idea de convertirse, en 2012, en presidenta de la Asamblea Nacional. Insoportable para Trierweiler.
— ¿No harás nada por apoyarla? —dice que le preguntó a Hollande.
— No. Puedes estar tranquila. Me he comprometido.
Al día siguiente, France Presse anuncia el aval de Hollande a Royal. Es entonces cuando ella apoya públicamente al rival de la ahora ministra para cortarle el paso. Lo hace en un tuit, una injerencia en la vida pública que arruina la imagen de Trierweiler entre los franceses. Cierta prensa la rebautiza como Rottweiler.
“Soy la única responsable (del tuit). Pero la bomba de efectos retardados la habían fabricado François Hollande y Ségolène Royal, con su constante juego entre lo público y lo privado, a golpe de fotos de familia y de declaraciones ambiguas. Tan pronto se enfrentan como se apoyan el uno al otro. Este juego político entre ellos no tiene fin. Es un laberinto en el que me siento perdida”, se confiesa en el libro.
En la traición parece haber encontrado el camino.

domingo, 18 de mayo de 2014

Slavoj Zizek

Herejía para salvar Europa

Zizek, estrella de la filosofía actual, publica 'El Sur pide la palabra. El futuro de una Europa en crisis'

El comunismo ha muerto, el capitalismo está llegando al límite y Europa solo tendrá peso si huye de las tentaciones autoritarias y se reinventa desde su legado humanista, asegura el esloveno

 17 MAY 2014 El País

“No se preocupe, podemos terminar la entrevista en mi casa”. Slavoj Zizek se moviliza de inmediato para solucionar el problema planteado por la llegada de su hijo adolescente y un amigo al pequeño estudio de Liubliana, donde llevamos dos horas conversando. Pese al tiempo transcurrido miro con desesperación las cuartillas con el cuestionario preparado del que apenas hemos abordado unas pocas preguntas. Zizek (Liubliana, Eslovenia, 1949), filósofo, psicoanalista “lacaniano”, marxista, gran observador del mundo, es famoso por su exuberancia verbal. El suyo es un monólogo torrencial en el que el relato central se desvía continuamente a través de anécdotas, bromas, temas colaterales que le introducen en nuevos territorios. No es casual que la revista Foreign Policy le incluyera en 2012 entre los 100 pensadores globales por “dar voz a una era de absurdeces”.
“Se empeñan en calificarme así, como si fuera un humorista. No. Yo soy una persona muy racional, lo que de verdad me interesa es la ópera y la música clásica”, se queja el filósofo esloveno en su personalísimo inglés. Un idioma que domina, pese al fuerte acento con que lo habla, y gracias al cual se ha metido en el bolsillo al mundo anglosajón, en el que es una celebridad. Zizek ha protagonizado media docena de documentales, dos de ellos (The Pervert’s Guide to Cinema y The Pervert’s Guide to Ideology), dirigidos por Sophie Fiennes, hermana de los famosos actores británicos, han tenido considerable éxito. Es autor también de medio centenar de libros de los temas más variados, el último de los cuales, El Sur pide la palabra. El futuro de una Europa en crisis, en colaboración con el filósofo croata Srecko Horvat, ha editado en España Los Libros del Lince.
PREGUNTA. Si juzgamos por la ausencia de conexiones aéreas, en realidad, la Europa del sur está muy lejos de Eslovenia. Todo lo contrario de lo que ocurre con Alemania, ¿es el síntoma de su dependencia con Berlín?
RESPUESTA. No, no, en absoluto. Somos un país tan pequeño [poco más de dos millones de habitantes], tan insignificante, que no le importamos nada a Alemania. Además, esta conexión comercial y económica con Austria y Alemania ya funcionaba en los tiempos del socialismo. Desde principios de los ochenta, cuando las relaciones económicas con la Comunidad Europea empezaron a aumentar,Eslovenia pasó a ser la máquina exportadora de la antigua Yugoslavia, y por eso para nosotros la independencia no representó un choque económico. Los comunistas eslovenos eran muy pragmáticos.
P. Pero las élites eslovenas estaban deseando huir de los Balcanes, ¿fue ese el principal motor de la independencia?
R. Le contaré una cosa graciosa sobre el pragmatismo de estos comunistas. A finales de los años setenta, la gran sensación del mundo católico fue la historia milagrera de la Virgen de Medjugorje, en Bosnia. Los comunistas de línea dura prohibieron a las agencias de turismo bosnias organizar visitas a Medjugorje porque les parecía una terrible superstición, y qué ocurrió: organizaron las expediciones las agencias italianas. Yugoslavia perdió por ese motivo unos dos o tres mil millones de dólares. Y lo gracioso es que en Eslovenia se encontró también una de esas imágenes milagreras, y los comunistas eslovenos decidieron desarrollar un negocio a cuenta de ello. Construir un hotel, y montar un sitio que atrajera turismo de masas. Pero el sacerdote del lugar se negó rotundamente, porque le pareció pura superstición. Y fue muy criticado por antipatriota.
P. Lo que quería preguntarle…
Es muy fácil reunir grandes masas, convocar grandes manifestaciones, pero
lo importante son los cambios que se producen
R. Hablo demasiado, perdón, perdón, pregúnteme.
Zizek se excusa con gesto teatral. Va vestido con la informalidad que le caracteriza, aunque esta vez su camiseta “personalizada” encierra nada menos que “su alfabeto”, con los rostros de Buda, Jesús, Lacan. Hegel y Marx entre otros. “Me la hicieron en Corea del Sur”, dice el filósofo que, por atuendo y actitud, es la antítesis del intelectual académico que su currículo proclama. Su pasión por la provocación, como si fuera un niño grande que sigue disfrutando con las travesuras, su celebrado sentido del humor y su habilidad para analizar el cine, la música de Elvis Presley o el capitalismo global en clave psicoanalítica, le han convertido en un conferenciante estrella, que llena aulas universitarias y platós de televisión. Zizek tiene también un pasado político. Fue comunista crítico y candidato liberal-demócrata a la presidencia eslovena tras la independencia.
P. Su libro rezuma decepción con la Unión Europea.
R. Sí, porque la UE no ha sido fiel a sí misma, pero sigo siendo totalmente pro-europeo. Para mí los acontecimientos realmente emancipadores han sido tres: la primera democracia griega, aún con todas sus limitaciones, la cristiandad, con la importante idea del Espíritu Santo que significa que hay una comunidad igualitaria de creyentes, y la Revolución Francesa. Estos son los fundamentos de Europa.
Unos fundamentos que siguen siendo sólidos. “Mire lo que está ocurriendo en Ucrania. Aunque muchos izquierdistas insistan en que Europa está en las últimas, los ucranios no son estúpidos, ni están locos, tampoco se hacen ilusiones, y tienen razón cuando dicen que, con todas sus limitaciones y compromisos, Europa todavía representa valores esenciales: libertad, igualdad, derechos humanos y estado de bienestar”.
Una Europa amenazada desde dentro por los populismos nacionalistas que se presentan como sus defensores, enarbolando un discurso antiinmigración que preocupa al filósofo esloveno. “Y conste que no soy uno de esos estúpidos izquierdistas que creen que hay que abrir las fronteras para que entren millones de africanos. Imagínese lo que ocurriría. Se volvería a reeditar una atroz lucha de clases. Hasta Hollywood lo sabe. Los últimos éxitos globales del cine de Hollywood, como Los juegos del hambre, describen sociedades ‘postcatastróficas” en las que se desarrolla una gigantesca lucha de clases. Pero es indudable que hay una paranoia anti-inmigración”. Y una tentación totalitaria. “[El primer ministro húngaro Viktor] Orbán declaró hace poco que la democracia tal vez funcione en Escandinavia, pero que los húngaros son gente asiática, y necesitan un nuevo sistema autoritario. Y en eso veo una tendencia general, y es que el capitalismo está funcionando con sistemas autoritarios”.
P. Usted ha escrito, sin embargo, “la izquierda necesita unaMargaret Thatcher”.
R. Ah, eso lo escribí para provocar a mis amigos. Lo que digo es que la figura de un líder, un maestro, no es necesariamente mala. Un auténtico maestro no es el que da órdenes, sino el que es capaz de enseñarte lo que puedes hacer, el que te habilita con tus propias capacidades. Lo dije de forma intencionadamente provocadora, porque estamos sumidos en una grave crisis y, ¿qué es lo que está haciendo la izquierda? Nada. Carece de alternativa. Incluso esos movimientos espontáneos como el que surgió en España de los ‘indignados’, ¿qué han conseguido? Yo molesto a la izquierda porque digo que es muy fácil ser patéticamente solidarios con concentraciones gigantescas, como las de la plaza de Tahrir. Pero el problema empieza justamente un mes después, o dos a lo sumo, cuando los periodistas se van y las cosas vuelven a la normalidad. ¿Qué cambios percibe entonces la gente? Es muy fácil reunir grandes masas, convocar grandes manifestaciones, pero lo importante son los cambios que se producen. En Grecia al menos han dado un paso más allá con el partido Syriza, que tiene un programa acorde con lo que la gente quiere.
Alexis Tsipras, el joven líder de Syriza colabora con un prólogo en el libro de Zizek, que incluye también una entrevista con el político griego, admirador del fallecido líder venezolano Hugo Chávez. Syriza está integrado por una decena de partidos ecologistas, troskistas, y diversas escisiones del partido comunista griego y del socialista. Una fusión que no augura precisamente estabilidad. “Tienen sus diferencias”, admite Zizek. “Pero lo bueno de Syriza es que al menos han perdido el miedo a hacer cosas radicales. Aunque no lo tienen fácil. Grecia es un país clientelista, con un aparato estatal de dos millones de personas, la policía está corrupta y la mitad de ellos están en Aurora Dorada, esta es la verdad, pero Tsipras es muy consciente de que el primer objetivo es constituir un estado burgués liberal, para que el Estado griego empiece a parecerse a un estado moderno normal”.
La austeridad impuesta por la troika no le ayudará en ese objetivo, opina el filósofo esloveno. “La austeridad, sin un proyecto positivo, no basta. Hay algo de pura superstición en esa medida, hemos hecho algo mal, hagamos lo contrario. Por eso digo que en las élites europeas no hay nadie con la menor visión. La crisis de 2008 no se produjo porque algún Gobierno lunático de izquierdas estuviera gastando de más, fue la crisis de sistemas bancarios liberalizados. Y puedo repetirse en cualquier momento”.
Zizek acaba de llegar de Nueva York, donde ha pasado tres semanas dando conferencias, y, ya instalados en el salón de su casa, donde abundan los ceniceros –su esposa fuma–, bromea sobre el grado de represión que se ejerce allí contra los fumadores. “Ya no solo les expulsan a la calle, ahora les obligan a moverse para no contaminar una zona. Y en California es muchísimo peor aún”. En tiempos de crisis y superpoblación, ¿no sería mejor premiar a gente con un vicio mortal como ése?, bromea Zizek. “Al que demuestre que fuma al menos dos cajetillas diarias, tendrían que darle la medalla al ‘héroe de la estabilidad financiera’. Con cada fumador disminuye el gasto en pensiones, y si hubiera muchos no se necesitarían medidas de austeridad”.
Bromas aparte, Zizek no oculta su preocupación por la pérdida de liderazgo de los Estados Unidos que, “al contrario de lo que piensan todavía muchos izquierdistas, no es el malo de la película”, en muchos de los conflictos que estamos viviendo. “Obama, por ejemplo, ha reaccionado en los temas de Irán o Siria de una forma muy razonable. Pero hay que aceptar que nos acercamos a un mundo multipolar”. Un mundo multipolar en el que la República Popular China tendrá cada vez más voz. “Admiro muchas cosas de los chinos, pero practican el colonialismo económico de forma muchísimo más brutal que el capitalismo occidental”. De Grecia a Zambia, Zizek cuenta asombrado decisiones tomadas por la gran potencia. Desde disolver los sindicatos nada más quedarse con el puerto de El Pireo, a ‘importaron’ trabajadores chinos para hacer funcionar una mina en Zambia, después de prometer que emplearían a gente local.
Europa necesita una herejía para sobrevivir, una escisión sectaria del legado humanitario europeo que nos separe del cadáver de la vieja Europa
Es difícil saber qué papel jugará Europa en este nuevo panorama político, porque , “hay, al menos, tres Europas, una Europa tecnocrática, que quiere competir con otros países en términos de capitalismo total (o salvaje), pero si seguimos a esta Europa seremos una parte del centro pero no la más importante. Luego tenemos la Europa nacionalista, anti-inmigración, que es el verdadero peligro, porque solo podría terminar en barbarie. Y, por último, está la tercera Europa, la única que puede salvarnos, y es la Europa reinventada por una nueva izquierda. El escritor conservador T.S. Eliotdice en uno de sus libros que, a veces, para mantener viva una religión se necesita una herejía que provoque una escisión sectaria. Pues Europa necesita ahora una herejía para sobrevivir, una escisión sectaria del legado humanitario europeo que nos separe del cadáver de la vieja Europa. Mi amigo maoísta [el filósofo francés] Alain Badiou dice algo bonito, ‘el siglo XX ha muerto, la izquierda debe comenzar otra vez’. Ya no tenemos que enfrentarnos a esa dicotomía izquierda y derecha. El modelo del siglo XX ya no sirve. Ya no se trata de reinventar la socialdemocracia y su Estado de Bienestar, eso ya no funciona. No sabemos qué es lo que nos salvará pero que hay que trabajar en diferentes sentidos para buscarlo, y no hablo de utopías. Porque el liberalismo como tal está perdiendo Europa, y solo hay dos alternativas, una Europa autoritaria o inventar algo nuevo”.
¿Quién está en condiciones de forjar esa nueva Europa? ¿La izquierda? Parece complicado porque al propio Zizek le parece “la fuerza más conservadora de la sociedad”. Pero el momento histórico que vivimos exige fuerza e imaginación. “Digámoslo claramente, todo el mundo lo ve ya, el capitalismo está llegando a un cierto límite. En primer lugar desde el punto de vista ecológico, ya sabemos que el calentamiento global está ahí, y sabemos que los efectos de cualquier catástrofe natural ya son globales. Solo hay que recordar las enormes implicaciones de las cenizas de aquel volcán islandés. Y eso por el grado de desarrollo que tenemos. Claramente necesitamos una forma internacional de regular todas estas contingencias. Alguna clase de coordinación no capitalista tendrá que ser puesta en marcha. Luego están los problemas económicos. La propiedad intelectual está desapareciendo, es casi un bien comunista, la gente descarga lo que quiere sin tenerla en cuenta. Y es imposible detenerlo, y antes o después será un tremendo problema. Finalmente, hay otra cuestión. Coincidí no hace mucho con Francis Fukuyama, y me decía que la ecología y la biotecnología han dejado obsoleto su libro El fin de la Historia y el último hombre. Porque en esto el capitalismo liberal universal ya no funciona. Con la biotecnología ya no se trata de tener a mano diferentes objetos que nos permiten hacer cosas, sino que ya se insertan en el propio organismo. Estamos llegando a una nueva era. Todo estará integrado. Las gafas de Google, y artilugios que pueden implantarte para controlar tu presión sanguínea u otras cosas, y hasta existe la posibilidad de que el cerebro se conecte a un ordenador al que las personas inválidas puedan dar instrucciones mediante el poder del cerebro. Y los chinos lo siguen muy de cerca, en su caso con la intención de regular física y psicológicamente el bienestar de la población. Olvidemos las bombas, ahora bastaría actuar sobre el cerebro mediante una máquina… Lo que yo digo es que estos nuevos problemas no pueden ser controlados ni mucho menos resueltos con el clásico sistema de poder, con las políticas neoliberales. Se necesita un gobierno global”.
-¿De verdad no quiere tomar nada? Jela Krecic, periodista treintañera, y tercera esposa de Zizek, se asoma un instante por el salón. El apartamento parece amplio y agradable, pero sin lujos, si se exceptúa un enorme televisor de plasma. Desde el patio ajardinado llega el canto de los mirlos. Este es el santuario de Zizek.
-Aquí me gusta pasar el tiempo, trabajando en el ordenador, viendo películas, preparando nuevos proyectos. Con Sophie Fiennes queremos hacer otra guía pervertida, esta vez sobre el amor. Algo muy tradicional. El amor es percibido como patológico si es muy intenso. Hoy lo normal es ser promiscuo. Hasta tal punto estamos obsesionados con la idea moderna de hacer cosas, de ser dinámicos. Pero yo soy un romántico.
P. ¿No le pesa a veces cargar con su personaje de filósofo adorado por las masas, con gran sentido del humor?
R. No, porque soy un solitario. La gente cree que me gusta estar en público, pero mi momento más feliz es cuando acaba la conferencia. Aquí [en Eslovenia] estoy en conflicto con todo el mundo, lo que me gusta es estar en casa, con mi mujer, dos o tres amigos. ¿Conoce usted Islandia? ¡Oh! Es el país donde querría vivir. No parece de este mundo, no hay árboles, ni hierba siquiera, es como otro planeta, como si Dios no hubiera terminado allí la creación.


miércoles, 30 de abril de 2014

Ser español es de pobres


Ser español es de pobres

En Cataluña, los sindicatos se alinean con el país que propone la oligarquía

 28 ABR 2014 El País.
Si las cuatro provincias de Cataluña fueran los Beatles, Barcelona sería Paul McCartney, pero tocando con la derecha. Recientemente el sector turístico se quejaba de que están llegando menos rusos a la ciudad. Se referían a rusos de Prada y de Tiffany (ambas marcas tienen tienda en el paseo de Gràcia); es decir, no a rusos de vodka y de kasachok, sino a los que han vuelto a quedarse con las playas de Sebastopol. Hay una mitología geográfica, un universo popular como todo lo mítico, que convierte a Sebastopol en esa ciudad hasta cierto punto imaginaria a la que siempre se refería el abuelo Cebolleta. Sin embargo, Sebastopol, al igual que la Interpol, es algo que realmente existe. De lo que no se puede estar tan seguro es de que, al menos por estos lares, existan los sindicatos de clase.
Resulta que, también hace unos días, Josep Maria Álvarez (secretario general de la UGT de Cataluña) y Joan Carles Gallego (secretario general de CC OO de Cataluña), llevados por el propósito de manifestar su apoyo al derecho a decidir, se lanzaron en brazos de Òmnium Cultural igual que esos amigos que en los libros de Julio Verne se reencuentran en su club social después de mucho tiempo sin verse porque han estado dando la vuelta al mundo en dirección contraria a la que creían o han estado en la Luna. Pero ¿por qué este ejemplo? ¿Es que se abrazaron en algún confortable salón de alfombras gordas y cajas de puros con higrómetro? No fue así. La fotografía de ese abrazo tripartito ha sido tomada a la intemperie, en la más pura tradición del ramo de la construcción. Al aire libre del andamio. En los otrora industriosos jardines de las Tres Ximeneies. Gallego y Álvarez (dicho así, parece firma de dueto zarzuelista) escoltando a Muriel Casals, la presidenta de Òmnium Cultural, uno a cada lado de la anfitriona, el uno a su derecha y el otro a su izquierda, en señal de ecuanimidad, como clara muestra de que ya no importa estar a la derecha o a la izquierda de los discursos, y exteriorizando plásticamente el paso de sindicatos de clase a no se sabe qué clase de sindicatos.
De fondo, las tres viejas chimeneas de la Canadiense, empresa mítica del anarcosindicalismo, la que vivió la huelga más sonada e incidente de la historia del movimiento obrero español. Pero esa historia ya no es la historia a la que quieren pertenecer los sindicatos. Aquello ocurrió antaño, cuando el abuelo Cebolleta aún no llevaba el pie vendado y podía salir corriendo de las cargas policiales Paral·lel arriba.
Òmnium Cultural es lo contrario, lo que da sentido a UGT y CC OO
A nadie le gusta perder, y hasta hay quien prefiere ganar, aunque para ello tenga que cambiar de juego y apuntarse al del contrario. ¿En qué aspecto Òmnium resulta contrario a Comisiones Obreras y UGT? En el fundamental. En el que da sentido a los sindicatos. Lo que hicieron en esa foto Comisiones y UGT fue pactar con la oligarquía. Pero pactar aquí es un eufemismo. Se pusieron a su servicio. Òmnium Cultural es el Club Mediterranée disfrazado de Misiones Pedagógicas. Esta asociación fue creada por la más pura y dura oligarquía catalana y para saberlo basta con ser catalán, con pertenecer al cuerpo social y a la historia de esta nación, país, región o como le quieran o decidan llamar.
No soy de los que refutan el derecho a decidir. No tengo conocimientos de derecho para defenderlo, ni tampoco para negarlo. Creo en la democracia. Es en lo único que creo. Y según mi noción intuitiva de lo que es el progreso, la democracia permite plantear abiertamente todos los asuntos. Lo que no es democrático es no poder hablar.
Particularmente no me afecta mucho el latente debate del derecho a decidir, porque lo que se plantea apenas me despierta sentimientos. Creo que no vale la pena ponerse a decidir sobre esas cosas. En lo que sí me he sentido concernido intelectual, biológica, socialmente, biográficamente, ha sido en lo que se desprende de esa fotografía que intento comentar aquí.
Entiendo que, para un sindicalista, el derecho a decidir debiera empezar decidiendo con quién se junta. Y la decisión de CC OO y UGT, tan ocurrente, de sumarse precisamente a lo que representa Òmnium me ha empotrado en un muro de perplejidad, ya no de decepción, pues hace años que nada espero de esas siglas sindicales, aunque creo que acabo de comprobar que ni siquiera sus propios líderes esperan algo del movimiento al que representan. Basta sencillamente con ser catalán para saberlo. Para saber quién es quién en Cataluña.
Como buenos catalanes, Gallego y Álvarez sabrán de sobra que la asociación Òmnium Cultural fue fundada en 1961 por los que cortan el bacalao, que fue comida de pobres durante siglos. Entre otros fundadores, allí estaba el financiero, presidente del Banco Popular Español y asimismo presidente de la aseguradora Chasyr 1879, Fèlix Millet, padre del famoso Fèlix Millet (que cuando es llamado a declarar por el desfalco en el Palau de la Música dice lo mismo que los Pegamoides: tengo los huesos desencajados, el fémur tengo muy dislocado, tengo el cuerpo muy mal, pero llevo una gran vida social).
Lo que plantea el derecho a decidir no me despierta sentimientos
También formaban parte del grupo fundador de Òmnium Cultural Lluís Carulla, empresario, que, además de presidir Gallina Blanca, Agrolimen, Cavas Mont-Ferrant y ser consejero de la citada Chasyr 1879, fue representante de los Rockefeller en Cataluña. O Pau Riera i Sala, presidente de las empresas Roldán y Seimex (su hermano Rosendo era hombre de confianza de Fèlix Millet padre). Vamos, el cogollito de las 200 familias decisivas. ¿Es que los dos sindicatos no han encontrado en toda Cataluña ninguna asociación más acorde con lo que realmente significan y representan para expresar su postura sobre el asunto?
Una fotografía convierte el derecho a decidir en el derecho a figurar. Para eso se hacen las fotografías. Para que se vean. Para estar. Es desesperanzador y, sin embargo, es tan real como Sebastopol. Unos sindicatos que han dilapidado su pasado y que, cuando descubren que hasta los pipiolos del asociacionismo les adelantan por la izquierda, se agarran desesperados a cualquier bandera; no, a cualquiera no, a la bandera de la patria, para no quedarse sin bandera, para tener algo que llevar en las manifestaciones. Unos sindicatos que culminan la manifestación de una huelga general o de un 1 de mayo sustituyendo el canto de la Internacional en catalán por el himno nacional de Cataluña. Unos sindicatos que ahora se retratan sonrientes con las instituciones de la oligarquía ante las ruinas de lo que fue el epicentro de la lucha obrera. Unos líderes sindicales que en esa misma foto consienten, el de Comisiones, sostener un cartel en el que ya se ha estigmatizado la palabra obreros, la palabra trabajadores y, para no citarlos, para no recordar de dónde se viene, se alude a ellos mediante el eufemismo del mundo del trabajo (el món del treball pel dret a decidir, este es el lema completo). Y el de UGT sujeta otro cartel donde contra todo respeto hacia una elección independiente se resalta la respuesta por la que Òmnium hace campaña (el rótulo dice És normal que un pais voti com pot viure millor, pero la palabra pais lleva sus dos últimas letras invertidas y pintadas de otro color formando el monosílabo sí).
Lo que se ve en esa foto, en realidad, es a dos dirigentes sindicales que han elegido una institución fundada por la oligarquía y el tipo de país que esta propone. Que, de algún modo, se han dado cuenta de que ser español es de pobres.
Javier Pérez Andújar es escritor. Premio Ciutat de Barcelona, es autor de Paseos con mi madre y Catalanes todos (de próxima publicación).

viernes, 18 de abril de 2014

CATALUNYA

Erotismo ferroviario

Esos dos trenes de Mas y Rajoy chocando juguetonamente han logrado hacer el convoy más largo y el Estado social más débil

 17 ABR 2014 -  El País
Entre el blindaje budista de Rajoy y el empuje rupturista del Gobierno de Mas yo no veo hoja de ruta alguna por ningún lado. Veo más bien la firme determinación —interesada, deliberada— de seguir espachurrándose los dos trenes, uno frente al otro, mientras alertan precisamente contra el choque de trenes. Pero están ya morro contra morro, en una suerte de cortejo erótico trufado de mordiscos y amagos de mordiscos, cobras y semicobras, roces atrevidos y algún rasguño tan morboso como excitante, que es de lo que se trata. Lo que es seguro es que si renunciamos al vicioso voyeurismo y dejamos de mirarles allí, en las partes y en los morros, los dos Gobiernos enfrentados mantienen imperturbablemente sus políticas neoliberales y la población sigue disfrutando de los recortes con una redentora paciencia evangélica.
Aunque resulte desconcertante, esos dos trenes chocando feliz y juguetonamente han conseguido hacer el tren más largo y al Estado social más débil. Parece que se hayan puesto de acuerdo las respectivas tripulaciones para insistir en aplastarse en cada nueva embestida, mientras la política real de los Gobiernos en Madrid y Barcelona sigue haciendo lo suyo: minimizar el vendaval terrorífico que sigue cayendo sobre una tupida capa social de desprotegidos, desesperados y desamparados ciudadanos que jamás imaginaron un retroceso vital vertiginoso, el fantasma del paro crónico, la angustia de la sequía financiera radical. Contra las apariencias útiles, Wert y Rigau, Mato y Boi Ruiz se me antojan más hermanos que adversarios (aunque anden a la greña por los símbolos, que es la manera más tramposa de hacer política).
El resto del campo tiende al vacío, como si no fuésemos los demás capaces de apartar la vista del morboso espectáculo de dos amantes en fase fiera y dejásemos escapar la oportunidad de ir pensando en otra cosa más saludable, menos enrocada y viciada, menos enfermiza también. Es lo que está intentando hacer la izquierda y quizá ni siquiera un solo partido de la izquierda sino varios, y sus varias fracciones. Pero a falta de la pasión erótica que se ha despertado entre amantes traidores y desleales, tan productiva en el terreno de los gestos y los despechos, quizá sería balsámico poner algo de música, algún ritmo bailable y enérgico, con swing contagioso y hasta con algunos timbales. Pero a ser posible sin rastro de las tristezas sádicas de los boleros, de los tangos y las milongas.
Artur Mas ha aprovechado su excelente francés para explicar en Le Figaro la viabilidad de unas elecciones plebiscitarias, cosa que como todo el mundo sabe, nadie sabe lo que es
Ahora Artur Mas ha aprovechado su excelente francés para explicar en Le Figaro la viabilidad de unas elecciones plebiscitarias, cosa que como todo el mundo sabe nadie sabe lo que es. Requerirían un improbable acuerdo en un punto explícito y claro de varias fuerzas políticas, o de algunas, o de todas, o de casi todas, o de muchas. Un lío, por tanto, y un jerogífico interpretativo ante la presumible pluralidad de lecturas y la fragmentación potencial del electorado.
En apariencia constituyen el mal menor, la opción resignada de Mas. A mí me parece que son literalmente la salvación: no solo la salvación del proceso desde la óptica de un partido de poder con mucho poder que perder, CiU, sino desde la óptica del independentismo conservador, burgués, emprendedor y empresarial, que es el que encarna su cúpula, desde el invisibilizado David Madí (ora pro nobis) hasta la actual directiva con Homs, Rull y Turull. Y es sobre todo la salvación para mantener las cuotas de poder convergente que hoy peligran como no han peligrado en treintaytantos años de democracia.
El misterio es ERC porque el crecimiento de su expectativa de voto nace de la ausencia del líder y la ausencia del partido en cuanto no atañe al proceso: ni una declaración, ni un gesto público, ni una protesta fuerte y rotunda que recuerde a los demás que se trata de un partido de izquierdas. La CUP custodia con su independentismo anticapitalista y su empuje desacomplejado la honradez de las convicciones a cualquier precio y ya solo quedan dos más en la izquierda: ICV, que tiene un sector todavía integrador, y el PSC.
El electorado potencial socialista escapa o se abstiene por presión ajena, sí, pero sobre todo por desintegración propia
Pero quién pone la música. El electorado potencial socialista escapa o se abstiene por presión ajena, sí, pero sobre todo por desintegración propia. Para junio anuncia Rubalcaba una ofensiva ideológica en torno a la reforma del Estado a través de la reforma constitucional. Tanto sus votantes como la izquierda que nunca lo votaría deberían estar ya agitándose, bamboleándose, quizá solo balanceándose, algunos a lo mejor aporreando la mesa con los dedos, tarareando el nuevo ritmo y hasta dando algún salto como los de Vicky el vikingo. No un cortafuegos, ni una trinchera, no una defensa contra una ofensiva.
La música ideológica de la protección del Estado social contra el expolio de los privilegiados está en la calle pero abandonada por la izquierda, quizá porque, mucho más que los ciudadanos, son los propios partidos quienes han quedado hipnotizados por tanto mordisco apasionado, de morro a morro, mientras chocan los trenes.
Jordi Gràcia es escritor y ensayista.

lunes, 7 de abril de 2014

Por qué Rusia ya no teme a Occidente

Ben Judah: “Por qué Rusia ya no teme a Occidente”

Occidente parpadea incrédulo: Vladimir Putin acaba de invadir Ucrania. Los diplomáticos
alemanes, los eurócratas franceses y los expertos norteamericanos, todos están pasmados.
¿Por qué ha elegido Rusia jugarse a la ruleta sus billonarios lazos en dólares con Occidente?
Los dirigentes occidentales están estupefactos porque no han caído en la cuenta de que los
propietarios de Rusia ya no respetan a los europeos como solían antaño tras la Guerra Fría.
Rusia cree que Occidente ya no es una alianza de cruzados. Rusia cree que hoy en Occidente
va todo de dinero.

Los secuaces de Putin saben esto por experiencia personal. Los gobernantes de Rusia han ido
comprándose Europa durante años. Tienen mansiones y apartamentos de lujo del West End de
Londres a la Costa Azul francesa. Sus hijos están seguros en internados británicos y escuelas
de señoritas suizas. Y su dinero está a buen recaudo en bancos austriacos y paraísos fiscales
británicos.

El círculo más cercano a Putin ya no le tiene miedo al establishment europeo. Antaño se los
imaginaban a todos ellos en el MI6 [el Servicio de Inteligencia británico]. Ahora tienen más
conocimientos. Han visto de primera mano qué serviles se vuelven los aristócratas y magnates
empresariales occidentales cuando están en juego sus millones. Ahora los consideran
hipócritas: son las mismas élites europeas que les ayudan a ocultar sus fortunas.
En otro tiempo los poderosos rusos escuchaban cuando las embajadas europeas emitían
comunicados en los que denunciaban la barroca corrupción de las empresas estatales rusas.
Pero ya no. Porque saben perfectamente que son los banqueros, hombres de negocios y abogados europeos los que les hacen el trabajo sucio de colocarles los réditos de la corrupción
en escondrijos que van de las Antillas Holandesas a las Islas Vírgenes británicas.
No estamos hablando de mucho dinero. Estamos hablando de muchísimo dinero. Nada menos
que el Banco central de Putin ha estimado que de dos tercios de los 56.000 millones de dólares
que salieron de Rusia se puede conectar su rastro con actividades ilegales. Delitos como
sobornos, dinero procedente del narcotráfico o de la evasión fiscal. Este es el dinero al que los
banqueros ingleses más finolis le extienden la alfombra roja en Londres.

Detrás de la corrupción europea, lo que ve Rusia ve es la debilidad norteamericana. El Kremlin
no cree que los países europeos – con la excepción de Alemania – sean verdaderamente
independientes de los Estados Unidos. Los ve como estados clientelares a los que Washington
podría hoy obligar, como hizo antaño durante la Guerra Fría, a no hacer negocios con el
Kremlin.

Cuando Rusia ve que España, Italia, Grecia y Portugal compiten unas con otras por hacer de
mejor socio comercial de Rusia dentro de la UE (a cambio de no mencionar los derechos
humanos) , observan que el control norteamericano sobre Europa va disolviéndose lentamente.
En Moscú, Rusia nota la debilidad norteamericana en el Moscú de las embajadas. Tiempo ha,
el Kremlin temía miedo que una aventura exterior pudiera desencadenar sanciones
económicas como las de la Guerra Fría allí donde más le duele: con la prohibición de
exportaciones de piezas vitales para su industria petrolífera, o quedarse incluso sin acceso al
sector bancario occidental. Ahora ya no.

Rusia ve una Norteamérica distraída: la jugada ucraniana de Putin ha conmocionado al
estamento de la política exterior norteamericana. Prefieren hablar de China o participar en
conversaciones de paz entre israelíes y palestinos. Rusia ve a Norteamérica vulnerable: en
Afganistán, en Siria y en Irán, a unos Estados Unidos que necesitan desesperadamente apoyo
ruso para seguir enviando suministros, albergar cualquier conferencia de paz o aplicar sus
sanciones.

Moscú no está nervioso. Las élites de Rusia se han retratado de manera abrumadora: todo lo
que tienen por más querido se guarda hoy bajo siete llaves en propiedades y cuentas
bancarias europeas. En teoría, esto los hace más vulnerables. Con una repentina avalancha de
investigaciones sobre blanqueo de dinero y denegación de visados, la UE podría apartarles de
sus riquezas. Pero han visto resistirse una y otra vez a los gobiernos europeos a cualquier cosa
ni remotamente parecido a la Ley Magnitsky norteamericana, que prohíbe la entrada a los
Estados Unidos a un puñado de funcionarios-delincuentes.

Todo esto le ha dado confianza a Putin, mucha confianza en que las élites europeas se
preocupan más por hacer dinero que por enfrentársele. Las pruebas están a la vista. Después
de que las fuerzas de ataque rusas llegaran a las afueras de Tiflis, la capital de Georgia, en 2008, hubo declaraciones y bravatas, pero ni un chirrido acerca de los miles de millones rusos.
Después de que la oposición rusa acabara en el banquillo de las farsas judiciales, llegaron
cartas de la Unión Europea mostrando su preocupación, pero tampoco se dijo esta vez ni
palabra de los miles de millones de Rusia.

El Kremlin cree hoy conocer el secreto inconfesable de Europa. El Kremlin piensa que conoce
el establishment europeo al dedillo. Los sombríos hombres que dirigen la Rusia de Putin se ven
a sí mismos como políticos soviéticos de hoy. Todavía en los años 80 la URSS hablaba de
marxismo internacional, pero ya no creía en ello. Hoy en día, piensa Rusia, Bruselas habla de
derechos humanos, pero ya no cree en ellos. Europa es gestionada por una élite con la
moralidad de un hedge fund: hacer dinero a toda costa y llevárselo a un paraíso fiscal.

Ben Judah, periodista y perspicaz experto en Rusia, es autor de Fragile Empire: How Russia Fell In And Out Of  Love With Vladimir Putin.(Yale (University Press, 2013) y miembro del European Council on Foreign Relations. Corresponsal en Moscú de ISN Security Watch, de la International Relations and Security Network, con sede en Zurich, algunos de sus mejores artículos sobre Rusia pueden leerse en www.opendemocracy.net.

domingo, 6 de abril de 2014

Catalunya.

Tantas naciones floreciendo…

Se llegó a pensar que el problema no radicaba tanto en la identidad colectiva como en la conquista o consolidación de la democracia, hasta que el hundimiento de la URSS permitió modificar fronteras en Europa

 7 ABR 2014 
Las naciones —escribió en 1968 el eminente historiador de la España moderna Antonio Domínguez Ortiz— no son, se hacen. Si lo escribiera hoy, mejor que se hacen, diría se construyen, en adaptación literal de la crecida bibliografía sobre nation building en la que navegamos durante los últimos 30 años. Una tarea esta, la construcción de naciones, propia del liberalismo romántico del siglo XIX, llegada a su primera apoteosis con el nacional-imperialismo —británico, francés, alemán, ruso— que arrastró a Europa a su Gran Guerra, y alcanzada la cima con el nacionalsocialismo y el fascismo, religiones políticas que desencadenaron la segunda guerra grande. Años después de cerrarse este doble ciclo de horror y devastación provocado por dos nacionalismos sucesivos, el imperial y el totalitario, cuando los nacidos en los años cuarenta despertábamos a la razón política, era lugar común pensar que la tarea de la construcción de naciones había quedado obsoleta de por vida, que el problema no radicaba tanto en la identidad colectiva como en la estructura social y en la configuración del Estado, no era tanto cuestión de nación como de transformación de la sociedad y conquista o consolidación de la democracia. Más aún, ante el proyecto vivo de unos Estados Unidos de Europa no faltaron quienes sin derramar ni una lágrima entonaron el réquiem por los Estados-nación.
Hasta que el único imperio superviviente de dos guerras —Rusia, imperial con los zares; totalitaria, pero no menos imperial con los bolcheviques— estalló desde dentro, dando origen a nuevas naciones-Estado en un doble proceso: de liberación, que fue pacífico a orillas del Báltico, y de fragmentación, que fue sangriento a las del Adriático. Pues con el hundimiento del imperio ruso-soviético y, en su estela, del Estado comunista multinacional de Yugoslavia, y el consiguiente florecer de naciones oprimidas, corrió como la pólvora el sentimiento de que la modificación de fronteras era de nuevo posible en Europa. Mímesis se enseñoreó una vez más del arte de la construcción de naciones y, ante las consecuencias del colosal hundimiento, el presidente de la Generalitat de Cataluña no tardó ni un minuto en proclamar: Cataluña es como Lituania o Eslovenia, una nación. Y el presidente del PNV, devolvía amplificado el eco de esas palabras: nosotros tenemos un plan diseñado ya y le hemos puesto fechas: entre 1998 y 2002 proclamar la soberanía de Euskadi, estilo Lituania.
La originalidad era que Cataluña, Euskadi y Galicia disponían de poderes de Estado
Lo interesante de la nueva situación, como observó sagazmente el secretario general de los jóvenes convergentes, era que el mito de las fronteras inamovibles de Europa se había roto. De pronto, pues, el modelo a seguir era Lituania, que había quedado presa del Estado imperial ruso-soviético cuando al resto del continente, y muy especialmente al imperio de los Habsburgo, había llegado la primavera de las naciones. Nación milenaria, Lituania ponía su reloj a la hora de Europa con un retraso de medio siglo, pero al fin ahí estaba, como nación-Estado, con el solo hecho de proclamar su soberanía. No era necesario forzar mucho la imagen para considerar ahora a España como un viejo imperio austro-húngaro, o una vieja Rusia, a la que con años de atraso había llegado también la hora de abrir las rejas de la prisión en que gemían condenadas tantas naciones. Cataluña, Euskadi y, en su estela, Galicia, aspiraban a ser como Lituania.
Lo cual, bien mirado, tampoco tendría que resultar tan difícil: Cataluña, Euskadi y Galicia disfrutaban, como todas las naciones habidas y por haber, de un nutrido y variado repertorio de relatos legendarios sobre sus orígenes, de territorios con límites bien definidos a lo largo de una historia milenaria, de lenguas propias cultivadas frente a agresiones externas, de culturas e identidades diferenciadas, de altos lugares y de símbolos sagrados. No faltaba, pues, ninguna pieza, solo rematar los trabajos de construcción nacional procediendo a una política de nacionalización, para lo que disponían, desde fecha reciente y a diferencia de Lituania, de un poder de Estado. Tal era, en efecto, la mayor originalidad entre los procesos conocidos de construcción nacional: que Cataluña, Euskadi y Galicia, definidas tácitamente en la Constitución española como nacionalidades, disponían de poderes típicamente de Estado —un Gobierno, un Parlamento, un tribunal superior de justicia, universidades públicas, medios de comunicación sin límites presupuestarios, editoriales, museos nacionales, escuelas— para devenir en poco tiempo, si esa era la meta de su élite político-intelectual, naciones en plenitud de sentido político y jurídico.
Al cabo, es siempre el Estado el que culmina la construcción de nación; siempre, claro está, que el Estado disponga de políticos, intelectuales y artistas con fuertes bases institucionales para acometer la tarea. Y así al acabar el siglo fue llamativa la modificación del lenguaje de la clase política que en 1978 había pugnado con bravura por introducir en la Constitución el término nacionalidad, de larga raigambre en los léxicos políticos catalán y español. Nacionalidad, se dijo con notorio desprecio de la historia recién pasada, había sido un expediente impuesto por el ruido de sables o por un fantástico —más bien fantasmal— influjo de la Constitución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas: un término, afirmaron distinguidos intelectuales otrora marxistas, de origen leninista-stalinista, importado en España ¡para protegernos de los militares! Su destino no podía ser otro, por decirlo al modo de Marx y de Trotsky, que acabar en el basurero de la historia: ni regiones autónomas, como habían sido reconocidas por la Constitución de la República en 1931, ni nacionalidades, como las identificaba la Constitución de 1978: Cataluña, Euskadi y Galicia eran naciones, como Lituania.
Valencia, primero, y luego Andalucía, las Illes Balears y Aragón también buscaron sus raíces
Naciones sin Estado, aunque con poderes de Estado: esta era la originalísima situación al comenzar el siglo. Y ocurrió entonces que mirando hacia atrás a la manera calderoniana, como el sabio que se preguntaba si habría algún otro tan pobre y mísero como él, la respuesta hallaron viendo que otros sabios iban recogiendo las hojas que ellos acababan de desechar. Desde el año de gracia de 2006, Valencia, primero, y luego Andalucía, las Illes Balears y Aragón dieron un paso de gigante en su construcción como naciones políticas proclamándose, en los estatutos reformados de sus respectivas comunidades autónomas, como nacionalidades históricas. En los preámbulos de los, más que reformados, nuevos estatutos, ninguna pieza falta de las habitualmente utilizadas en la construcción nacional: una comunidad armónica de personas libres, una robusta y sólida identidad forjada a lo largo de su historia, un carácter singular como pueblo asentado desde épocas milenarias en un ámbito geográfico diferenciado, una lengua o en su defecto una manera propia de hablar, un derecho foral cuando lo hubiera, una ferviente pasión identitaria, en fin, que convertía en juego de adolescentes aquella búsqueda de señas de identidad que llenó los años de transición.
Al transformarse de regiones en nacionalidades históricas por declaración de unos estatutos de autonomía elevados tras su paso por las Cortes a bloque constitucional como leyes orgánicas, las comunidades valenciana, andaluza, balear y aragonesa han dejado al Estado español con un resto de regiones que equivale a lo que antes se llamaba resto de España, a la vez que muestran, por si falta hacía, la razón que asistía a Domínguez Ortiz cuando escribía que las naciones no son, se hacen. Sí, maestro, pero una vez hechas, son, y sería propio del avestruz negarse a ver el ser de lo hecho. Mal que nos pese a quienes creímos un día periclitada la emoción nacionalista y arrumbadas en el desván de la historia las banderas nacionales como fuerza movilizadora, ahí está el hecho más asombroso de las últimas décadas: asistir, como si de una nueva primavera romántica se tratase, al florecimiento de tantas naciones. Lo que vaya a ocurrir con el Estado, ¿a quién importa?
Santos Juliá es profesor emérito de la UNED.

Sobre Ucrania: tres preguntas incómodas a los liberales

Yanis Varoufakis: “Sobre Ucrania: tres preguntas incómodas a los liberales 
occidentales sobre el derecho de autodeterminación de la minorías nacionales y un 
comentario sobre el papel de la Unión Europea” 

Acéptese –yo lo acepto— el principio de que las minorías nacionales dentro de Estados 
asimétricamente multiétnicos tienen el derecho de autodeterminación. Por ejemplo, la secesión de 
croatas y kosovares respecto de Yugoslavia, la de los escoceses dentro del Reino Unido, las de los 
georgianos dentro de la Unión Soviética, etc., etc. Surgen entonces tres preguntas incómodas para 
los liberales occidentales. 

Primera cuestión incómoda: ¿Qué principio permite negar, una vez que Croacia, Kosovo, Escocia y 
Georgia lo han logrado, el derecho de los serbios de Krajina, de los serbios de Mitrovica, de los 
isleños de Shetland y de los abjacios a instituir, si así lo desean, sus propios Estados nacionales en las   zonas en las que constituyen una clara mayoría, y sumarse a la lista de los nuevos Estados 
nacionales independientes? 

Segunda cuestión incómoda: ¿Qué principio permite a los liberales occidentales negar el derecho de 
Chechenia a la independencia respecto de Rusia al tiempo que defienden sin reservas el derecho 
de los georgianos o de los ucranianos a la autodeterminación? 

Tercera cuestión incómoda: ¿Con qué principio se justifica que Occidente se allane totalmente a la 
demolición de Grozny –la capital de Chechenia—, por no hablar de las decenas de miles de civiles 
que allí resultaron muertos, pero responda con fiereza, amenace con sanciones globales y agite el 
fantasma de un gran conflicto reminiscente de la Guerra Fría a cuenta del (hasta ahora) incruento 
despliegue de tropas rusas (camufladas) en Crimea? 

Planteo estas tres cuestiones, no porque ponga en duda la opinión de que el señor Putin es un 
déspota peligroso. No tengo la menor duda al respecto. Tengo a gala haberme hallado en minoría 
de uno en una reunión de mi Junta de Facultad en 2003 votando contra la concesión de un 
doctorado honoris causa al señor Putin: quité a la Universidad de Atenas la oportunidad de decir             que se le había concedido por unanimidad, lo que me atrajo las iras de muchos colegas a los que el 
ministro griego de exteriores había “pedido” cortésmente honrar así al señor Putin durante su visita a 
Atenas. 

Mis tres preguntas incómodas tienen dos propósitos. Recuerdan a los lectores la actitud de 
Occidente hacia las luchas y las tragedias de otros pueblos, carente de cualquier principio. Y 
explican, en parte, por qué ese comportamiento sin principios por parte de los pretendidos adalides 
de los principios democráticos termina no sólo con la degradación de esos mismos principios, sino 
también con el reforzamiento del poder y la influencia de los Putins del mundo. 
Europa y Ucrania 

Los ucranianos han librado arduas batallas contra las fuerzas de seguridad en la plaza principal 
de Kiev para protestar contra la decisión del antiguo presidente Yanukovich de echarse atrás 
de un acuerdo de asociación con la Unión Europea. ¿Por qué? ¿Acaso están ciegos los 
ucranianos, y no ven las incongruencias de la Unión Europea? 

No; no están ciegos. Los ucranianos se enfrentan un tipo de problemas distintos de los 
problemas con que lidiamos los europeos. Por muchas y duras críticas que nosotros podamos 
–fundadamente— hacer a Bruselas, al BCE, etc., lo cierto es que los ucranianos tienen otras 
prioridades. Por ejemplo, la de librarse de unas fuerzas de seguridad que campan por sus 
respetos en punto a torturar y asesinar; o la de poder viajar libremente; o la de poder vivir en un 
país cuyos tribunales de justicia no estén completamente a merced de la misma mafia que 
impera en el aparato estatal. Para ellos, significa poco el hecho de que la democracia se halle 
en grave retroceso en la Eurozona, y apenas tiene importancia el que los principios de Europa 
tengan un aire más y más vanílocuo: a ojos de muchos ucranianos, la Unión Europa, por acelerada que sea su caída en el abismo de la ilegitimidad democrática, sigue pareciendo el 
paraíso. 

Dicho esto, la mayor tragedia de los ucranianos es que sus mejores esperanzas descansan 
sobre unas espaldas de alfeñique: ¡la Unión Europea! 

“Política exterior europea”: basta pronunciar estas tres palabras juntas para desatar la hilaridad. 
No hay tal cosa, esa es la verdad. Hasta el eje franco-alemán se ha descompuesto en Libia, y 
nada digamos de la ambiciosa idea de una política exterior común para la Unión Europea que 
pudiera actuar como baluarte de socorro para Ucrania. 

Mientras Libia, aun siendo de crucial importancia para la de los libios, tenía una relevancia 
mínima para la seguridad europea, Ucrania es crucial, y Europa debería actuar con superlativa 
diligencia. Lo que a mí más me inquieta es que la gravedad de la crisis ucraniana es 
inversamente proporcional a la competencia de Europa en materia de política exterior. Bruselas 
estará muy entusiasmada con la expansión de su “autoridad” hacia el Este, pero está entrando 
en territorio peligroso pésimamente equipada para lidiar con las consecuencias. 
Los EEUU, el FMI, Alemania y Ucrania 

Ucrania es –siempre lo fue— terreno de batalla entre el neofeudalismo industrial de Rusia, las 
ambiciones del Departamento de Estado norteamericano y las políticas neo-Lebensraum de 
Alemania. Varios “eurasiólogos” ven la crisis en Kiev como una gran oportunidad para 
promover un programa de plena confrontación con Rusia, un programa reminiscente de la 
estrategia antisoviética concebida en los 70 por Z. Brzezinski. Ven a Ucrania –importa tenerlo 
en cuenta— como una excusa excelente para torpedear el papel de los EEUU en la 
normalización de las relaciones con Irán y en la minimización de los costes humanos en Siria. 
Al propio tiempo, el FMI está impaciente por entrar allí, por la parte más vulnerable de Rusia, e 
imponer otro “programa-estructural-de-ajuste-y-estabilización”, lo que pondría bajo su tutela a 
toda esa zona de la antigua Unión Soviética. Alemania tiene su propia agenda, que apunta en 
dos direcciones a la vez: asegurar, como parte de su estrategia neo-Lebensraum, tantas zonas 
de la antigua Unión Soviética como sea posible para la expansión de su espacio de mercado e 
industrial hacia el Este; y al propio tiempo, preservar su privilegiado acceso a los suministros de 
gas de Gazprom. 

En lo que hace a la Casa Blanca, es indudable que el presidente Obama y el secretario de 
Estado Kerry entienden perfectamente los límites del poder occidental y el riesgo de que un 
exceso de halconería en los acontecimientos de Ucrania pudiera desbaratar sus iniciativas en 
Siria y en Irán en un momento en que Irak está en plena desestabilización. 

Epílogo: la Unión Europea debería dejar de inmiscuirse en los asuntos de Ucrania
En este contexto geopolítico, las ambiciones de Bruselas deberían cesar. La Comisión Europea 
está desnortada en lo que hace al desarrollo de los acontecimientos en Ucrania. Cuanto menos 
se entrometa, mejor para todos. En realidad, los apparatchiki de la UE se parecen a los últimos 
emperadores romanos, que sólo buscaban seguir expandiendo a tontas y a locas las fronteras 
imperiales, cuando el corazón mismo del Imperio se había convertido ya en un putrílago. 


Yanis Varoufakis es un reconocido economista greco-australiano de reputación científica internacional. Es profesor de política económica en la Universidad de Atenas y consejero del programa económico del partido griego de la izquierda, Syriza. Actualmente enseña en los EEUU, en la Universidad de Texas. Su último libro, El Minotauro Global, para muchos críticos la mejor explicación teórico-económica de la evolución del capitalismo en las últimas 6 décadas, fue publicado en castellano por la editorial española Capitán Swing, a partir de la 2ª edición inglesa revisada. Una extensa y profunda reseña del Minotauro, en SinPermiso Nº 11, Verano-Otoño 2012. 
Traducción para www.sinpermiso.info: Mínima Estrella