domingo, 6 de abril de 2014

Sobre Ucrania: tres preguntas incómodas a los liberales

Yanis Varoufakis: “Sobre Ucrania: tres preguntas incómodas a los liberales 
occidentales sobre el derecho de autodeterminación de la minorías nacionales y un 
comentario sobre el papel de la Unión Europea” 

Acéptese –yo lo acepto— el principio de que las minorías nacionales dentro de Estados 
asimétricamente multiétnicos tienen el derecho de autodeterminación. Por ejemplo, la secesión de 
croatas y kosovares respecto de Yugoslavia, la de los escoceses dentro del Reino Unido, las de los 
georgianos dentro de la Unión Soviética, etc., etc. Surgen entonces tres preguntas incómodas para 
los liberales occidentales. 

Primera cuestión incómoda: ¿Qué principio permite negar, una vez que Croacia, Kosovo, Escocia y 
Georgia lo han logrado, el derecho de los serbios de Krajina, de los serbios de Mitrovica, de los 
isleños de Shetland y de los abjacios a instituir, si así lo desean, sus propios Estados nacionales en las   zonas en las que constituyen una clara mayoría, y sumarse a la lista de los nuevos Estados 
nacionales independientes? 

Segunda cuestión incómoda: ¿Qué principio permite a los liberales occidentales negar el derecho de 
Chechenia a la independencia respecto de Rusia al tiempo que defienden sin reservas el derecho 
de los georgianos o de los ucranianos a la autodeterminación? 

Tercera cuestión incómoda: ¿Con qué principio se justifica que Occidente se allane totalmente a la 
demolición de Grozny –la capital de Chechenia—, por no hablar de las decenas de miles de civiles 
que allí resultaron muertos, pero responda con fiereza, amenace con sanciones globales y agite el 
fantasma de un gran conflicto reminiscente de la Guerra Fría a cuenta del (hasta ahora) incruento 
despliegue de tropas rusas (camufladas) en Crimea? 

Planteo estas tres cuestiones, no porque ponga en duda la opinión de que el señor Putin es un 
déspota peligroso. No tengo la menor duda al respecto. Tengo a gala haberme hallado en minoría 
de uno en una reunión de mi Junta de Facultad en 2003 votando contra la concesión de un 
doctorado honoris causa al señor Putin: quité a la Universidad de Atenas la oportunidad de decir             que se le había concedido por unanimidad, lo que me atrajo las iras de muchos colegas a los que el 
ministro griego de exteriores había “pedido” cortésmente honrar así al señor Putin durante su visita a 
Atenas. 

Mis tres preguntas incómodas tienen dos propósitos. Recuerdan a los lectores la actitud de 
Occidente hacia las luchas y las tragedias de otros pueblos, carente de cualquier principio. Y 
explican, en parte, por qué ese comportamiento sin principios por parte de los pretendidos adalides 
de los principios democráticos termina no sólo con la degradación de esos mismos principios, sino 
también con el reforzamiento del poder y la influencia de los Putins del mundo. 
Europa y Ucrania 

Los ucranianos han librado arduas batallas contra las fuerzas de seguridad en la plaza principal 
de Kiev para protestar contra la decisión del antiguo presidente Yanukovich de echarse atrás 
de un acuerdo de asociación con la Unión Europea. ¿Por qué? ¿Acaso están ciegos los 
ucranianos, y no ven las incongruencias de la Unión Europea? 

No; no están ciegos. Los ucranianos se enfrentan un tipo de problemas distintos de los 
problemas con que lidiamos los europeos. Por muchas y duras críticas que nosotros podamos 
–fundadamente— hacer a Bruselas, al BCE, etc., lo cierto es que los ucranianos tienen otras 
prioridades. Por ejemplo, la de librarse de unas fuerzas de seguridad que campan por sus 
respetos en punto a torturar y asesinar; o la de poder viajar libremente; o la de poder vivir en un 
país cuyos tribunales de justicia no estén completamente a merced de la misma mafia que 
impera en el aparato estatal. Para ellos, significa poco el hecho de que la democracia se halle 
en grave retroceso en la Eurozona, y apenas tiene importancia el que los principios de Europa 
tengan un aire más y más vanílocuo: a ojos de muchos ucranianos, la Unión Europa, por acelerada que sea su caída en el abismo de la ilegitimidad democrática, sigue pareciendo el 
paraíso. 

Dicho esto, la mayor tragedia de los ucranianos es que sus mejores esperanzas descansan 
sobre unas espaldas de alfeñique: ¡la Unión Europea! 

“Política exterior europea”: basta pronunciar estas tres palabras juntas para desatar la hilaridad. 
No hay tal cosa, esa es la verdad. Hasta el eje franco-alemán se ha descompuesto en Libia, y 
nada digamos de la ambiciosa idea de una política exterior común para la Unión Europea que 
pudiera actuar como baluarte de socorro para Ucrania. 

Mientras Libia, aun siendo de crucial importancia para la de los libios, tenía una relevancia 
mínima para la seguridad europea, Ucrania es crucial, y Europa debería actuar con superlativa 
diligencia. Lo que a mí más me inquieta es que la gravedad de la crisis ucraniana es 
inversamente proporcional a la competencia de Europa en materia de política exterior. Bruselas 
estará muy entusiasmada con la expansión de su “autoridad” hacia el Este, pero está entrando 
en territorio peligroso pésimamente equipada para lidiar con las consecuencias. 
Los EEUU, el FMI, Alemania y Ucrania 

Ucrania es –siempre lo fue— terreno de batalla entre el neofeudalismo industrial de Rusia, las 
ambiciones del Departamento de Estado norteamericano y las políticas neo-Lebensraum de 
Alemania. Varios “eurasiólogos” ven la crisis en Kiev como una gran oportunidad para 
promover un programa de plena confrontación con Rusia, un programa reminiscente de la 
estrategia antisoviética concebida en los 70 por Z. Brzezinski. Ven a Ucrania –importa tenerlo 
en cuenta— como una excusa excelente para torpedear el papel de los EEUU en la 
normalización de las relaciones con Irán y en la minimización de los costes humanos en Siria. 
Al propio tiempo, el FMI está impaciente por entrar allí, por la parte más vulnerable de Rusia, e 
imponer otro “programa-estructural-de-ajuste-y-estabilización”, lo que pondría bajo su tutela a 
toda esa zona de la antigua Unión Soviética. Alemania tiene su propia agenda, que apunta en 
dos direcciones a la vez: asegurar, como parte de su estrategia neo-Lebensraum, tantas zonas 
de la antigua Unión Soviética como sea posible para la expansión de su espacio de mercado e 
industrial hacia el Este; y al propio tiempo, preservar su privilegiado acceso a los suministros de 
gas de Gazprom. 

En lo que hace a la Casa Blanca, es indudable que el presidente Obama y el secretario de 
Estado Kerry entienden perfectamente los límites del poder occidental y el riesgo de que un 
exceso de halconería en los acontecimientos de Ucrania pudiera desbaratar sus iniciativas en 
Siria y en Irán en un momento en que Irak está en plena desestabilización. 

Epílogo: la Unión Europea debería dejar de inmiscuirse en los asuntos de Ucrania
En este contexto geopolítico, las ambiciones de Bruselas deberían cesar. La Comisión Europea 
está desnortada en lo que hace al desarrollo de los acontecimientos en Ucrania. Cuanto menos 
se entrometa, mejor para todos. En realidad, los apparatchiki de la UE se parecen a los últimos 
emperadores romanos, que sólo buscaban seguir expandiendo a tontas y a locas las fronteras 
imperiales, cuando el corazón mismo del Imperio se había convertido ya en un putrílago. 


Yanis Varoufakis es un reconocido economista greco-australiano de reputación científica internacional. Es profesor de política económica en la Universidad de Atenas y consejero del programa económico del partido griego de la izquierda, Syriza. Actualmente enseña en los EEUU, en la Universidad de Texas. Su último libro, El Minotauro Global, para muchos críticos la mejor explicación teórico-económica de la evolución del capitalismo en las últimas 6 décadas, fue publicado en castellano por la editorial española Capitán Swing, a partir de la 2ª edición inglesa revisada. Una extensa y profunda reseña del Minotauro, en SinPermiso Nº 11, Verano-Otoño 2012. 
Traducción para www.sinpermiso.info: Mínima Estrella

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