sábado, 29 de marzo de 2014

Ucrania, Rafael Poch

Cómo la aventura occidental en Ucrania contribuye a una nueva bipolaridad
Ucrania confirma que entramos de lleno en la fase de los “imperios combatientes”, fase superior de la estupidez humana en el siglo XXI. En Occidente, el “Imperio del caos”, con Estados Unidos en primer lugar (ahí están sus obras a la vista; Irak, Afganistán, Libia y Siria), continúa dispuesto a seguir afirmándose militarmente. En Europa, la Unión Europea se confirma como su fiel compañero y pese a la crisis que merma sus presupuestos militares, busca ampliar su presencia en África y Europa Oriental, mientras Alemania sale del armario reivindicando abiertamente el control militar de recursos globales y una “política exterior más activa”.
El único programa que este “Imperio del caos” ofrece a los imperios emergentes de Oriente, los BRICS como Rusia y China, es la “completa sumisión”, explica Samir Amin, pero ni Rusia ni China aceptan ese programa.
En Ucrania Rusia ha dicho basta. Estaba dispuesta a convivir con una Ucrania neutral, pero no con un protectorado occidental enfocado contra ella, algo que rompe a ese país por la mitad y le empuja al conflicto interno. Vía la anunciada privatización del sector energético ucraniano, los grifos de las venas por las que fluye el grueso de la exportación energética rusa quedarán en manos de Estados Unidos (empresas como Chevron están en ello), y la inequívoca perspectiva de ingreso en la OTAN convierte el cerco militar en tierra ancestral rusa en un agravio insoportable.
La rebelión de Rusia supone un vuelco en la conducta de ese país durante más de veinte años, siempre cediendo tras la violación de líneas rojas permanentemente marcadas por Moscú y traspasadas sin ceremonias por Euroatlántida. Ese vuelco es visto como un desafío intolerable que hay que castigar ejemplarmente, pero para Moscú no tiene vuelta atrás, sin arriesgarse a un desmoronamiento del régimen de Putin. “Lo importante no es Ucrania en sí, sino el desafío que el vuelco supone”, dice Fedor Lukianov.
La revisión de los “resultados” de la guerra fría es inadmisible en Occidente. Aquel resultado que Gorbachov imaginó como un acuerdo entre caballeros con miras a construir una seguridad continental integrada en Europa (Carta de París, noviembre de 1990), fue convertido por Euroatlántida en una fullera y arrolladora ofensiva sobre el terreno liberado por uno de los dos gángsteres en beneficio del otro. Los dirigentes rusos estaban entonces demasiado entretenidos en llenarse los bolsillos con la privatización y saqueo del patrimonio soviético. Una mezcla de ingenuidad, desbarajuste, choriceo y espíritu matón. Occidente considera ahora inadmisible revisar aquel excepcional conglomerado y quiere escarmentar a Rusia. Pero ¿cómo hacerlo sin empujarla en brazos de China?
Lo de Ucrania apenas está empezando y China ya asoma como ganadora. Su presidente Xi Jinping se pasea esta semana por Europa, inspeccionando el panorama del subimperio occidental; Holanda, Francia, Berlín, Bruselas, un rosario de viejas capitales coloniales unidas, en una orquesta cada vez más desafinada, alrededor del propósito de contrarrestar a los viejos y nuevos imperios emergentes.
Los intentos de que China condene a Rusia por Crimea han sido vanos. Pekín se ha abstenido en la poco entusiasta condena de Rusia en la ONU y ha expresado cierta prudente comprensión hacia la actitud de Moscú.
“China no tiene intereses privados en la cuestión de Ucrania”, ha dicho Xi en Berlín. La crisis de ese país, “deriva de una historia muy compleja y de realidades actuales”, ha matizado. Hay similitudes.
Si la Rusia de Putin no es la de Yeltsin y Gorbachov, tampoco la actual China de Xi Jinping es la de Deng Xiaoping. La doctrina china, explicó Xi en un acto celebrado el jueves en la Körber Stiftung de Berlín, sigue siendo el rechazo a convertirse en potencia hegemónica. China no quiere tratar a los demás de la forma en que ella misma fue tratada por las potencias occidentales y Japón hasta Mao. Pero Pekín –y esa es la novedad- también está marcando líneas rojas en el Mar de la China y advierte contra el cerco del que ella misma es objeto, mientras el Imperio del Caos pregona el traslado del grueso de sus armadas hacia Oriente.
“No queremos ser hegemónicos, pero tampoco nos dejaremos colonizar ni arrollar por otras potencias como ocurrió en el pasado”, respondió Xi el jueves a una pregunta sobre su incrementado presupuesto militar.
Como a Rusia, Estados Unidos acecha a China en sus propias barbas. El regreso al conflicto y la tensión en Europa no le viene mal a Pekín. Resta energía al escenario asiático. Aunque Europa no puede pasarse sin el gas ruso, la mera insinuación de represalias contra Moscú en el frente energético, empuja a Rusia hacia China.
Las relaciones de Moscú y Pekín son de enorme desconfianza, pero en los últimos años las presiones y agravios euroatlánticos sobre Rusia ya lograron desbloquear y mejorar largos pleitos ruso-chinos sobre el precio y las infraestructuras del gas que China necesita.
Hace tiempo que Moscú, crecientemente desengañado de Europa y embarcado en un planteamiento ideológico neocón-eslavo-ortodoxo, mira más hacia Oriente. Pero esa mirada va más allá de China e incluye a adversarios de Pekín en la región, en primer lugar Japón y Corea del Sur, socios y aliados militares de Washington. Moscú tienta con ofertas y proyectos energéticos a Tokio y Seúl, pero Washington presiona para que eso no prospere. El problema es que al disuadir a Japón y Corea del Sur de cualquier negocio energético con Moscú, Estados Unidos aún estrecha más la alianza entre Rusia y China: Convierte lo que podía ser una difusa deriva rusa hacia Oriente, estratégicamente diversificada, en una unilateral y concreta deriva hacia China, es decir algo que consolida un bloque.
El cálculo de Pekín es 2020: el pulso con Estados Unidos ya será para entonces militar. Seguramente en Pekín se considera que el Imperio del Caos no les dejará en paz sin mediar una crisis militar. El recurso militar de China –el potencial en el que está invirtiendo su defensa- es cegar a la armada del Imperio del Caos atacando todo el sistema espacial de satélites sin los cuales el principal ejército del mundo ya no puede vencer en una de esas guerras de ordenador con centenares de víctimas en el adversario y cero víctimas en el propio campo a las que está acostumbrado. Para cuando eso llegue, el suministro energético, que hoy le llega a China por vulnerables vías marítimas controladas por el adversario, estará garantizado continentalmente vía Rusia.
A la Unión Europea y a Alemania todo esto le viene grande. Bruselas quiere anunciar en junio una estrategia para “disminuir su dependencia energética de Rusia”. Con ello contribuirá a lo mismo: a crear una especie de nuevo mundo bipolar, Euroatlantida contra Eurasia. Ese no es el escenario de Rusia, ni de China, ni de los BRICS en general, pero, por lo visto, es el único programa que maneja el Imperio del Caos. Teniendo en cuenta los retos del siglo; el pico petrolero y demográfico, las enormes incertidumbres que anuncian la desigualdad y el calentamiento global, un verdadero premio Nobel de la estupidez.
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Respuesta al Señor Butkevicius. En una carta publicada el sábado en las ediciones impresa y digital de este periódico, http://www.lavanguardia.com/participacion/cartas/20140322/54403944481/aclaracion-lituana.html
el señor Audrius Butkevicius, ex responsable de la defensa lituana, califica de “incorrecto” el informe sobre la matanza de la torre de televisión de Vilnius del 13 de enero de 1991 que menciono en el artículo El kaganato de Kiev y otras historias http://blogs.lavanguardia.com/berlin/el-kaganato-de-kiev-y-otras-historias-55192, publicado en la edición digital del día 13, en el contexto de la crisis de Ucrania.
El problema es que en este asunto el propio señor Butkevicius es la principal fuente: respondió dos veces con un rotundo “sí” a las preguntas sobre si la matanza fue planeada y si él la promovió conscientemente. Luego viene la extraordinaria confesión que cito en mi artículo, directamente traducida del original ruso y que es respuesta a la pregunta, “¿No sintió usted remordimientos de conciencia por haber utilizado a la gente?”. http://obzor.lt/news/n1610.html). El lector puede juzgar por sí mismo. De paso puede consultar los materiales forenses del caso con víctimas muertas por disparos desde arriba y proyectiles de caza o de viejos fusiles: Ni las armas ni la posición de tiro corresponde con las que tenían las fuerzas rusas aquel día.
Lamentablemente no es un tema nuevo. Tanto el escritor Vitautas Petkiavicius, que fue responsable de la seguridad nacional del parlamento nacional entre 1992 y 1996, como el ex viceprimer ministro Romualdas Ozolas, responsabilizaron en sendos libros al entonces presidente Vitautas Landsbergis y a Butkevicius de la matanza. Y sigue coleando hoy. En junio de 2012 el líder de los socialistas lituanos, Algirdas Paletskis, fue juzgado por un tribunal de Vilnius por haber dicho que el 13 de enero de 1991, “los nuestros dispararon contra los nuestros”. El señor Paletskis fue absuelto.
Por eso, decía en mi artículo, “a la vista de lo que ha pasado en Kíev, con más de veinte muertos a manos de francotiradores el día 20 de febrero, la jornada que precipitó el acceso al poder del actual gobierno prooccidental (con una nutrida presencia de ultraderechistas), la pregunta sobre quién fue el Butkevicius de Kíev no es ninguna tontería. Hay que observar quién no quiere investigar aquellos hechos (el gobierno de Kíev y la UE), además de reflexionar sobre a quién han beneficiado”.)

jueves, 27 de marzo de 2014

Atracciones fatales (Ucrania)




Atracciones fatales

Andrés Ortega. 3/3/2014

Andrés Ortega Klein. Investigador senior asociado / Senior Research Fellow. Elcano 2013La UE –y nos hemos de felicitar por ello–tiene un poder transformador de su entorno, esencialmente a través del proceso de incorporación de nuevos Estados miembros. Lo hemos visto con las sucesivas ampliaciones. Pero a la vez tiene un poder de atracción que puede incitar a divisiones de países ya de por sí divididos. Es lo que ha ocurrido enUcrania, un país colchón, en la cuerda floja, sometido a dos tensiones contrapuestas al que se obligó a elegir entre Rusia y la UE, o al menos ese sucedáneo –o sala de espera ilimitada– de la Unión que es la Asociación Oriental.
Este poder de atracción ya se vivió cuando la violenta división deYugoslaviaEslovenia, que es por donde empezó el hundimiento, fue el primer Estado de la antigua Yugoslavia que se separó para poder ingresar más rápidamente en la UE, lo que consiguió. Después vino Croacia, que acaba de ingresar. Y finalmente,Serbia, que está en la cola. Imagínense lo que habría pasado si se le hubiera insinuado en 1976 a Cataluña o al País Vasco que no podrían entrar en las entonces Comunidades europeas, por el lastre del conjunto de España. Y algo de eso hay también en la división de Checoslovaquia.
Los europeos a veces alientan levantamientos en algunos países para luego dejarlos caer. Es lo que ocurrió en otros tiempos y en plena Guerra Fría con Hungría en 1956. Ministros europeos, además de representantes de EEUU, han estado en Kiev alentando la revuelta ucraniana desde el Maidán. Ahora la UE sí que está obligada a ayudar a los ucranianos. Pues si la situación militar es preocupante, la económica, con una Ucrania al borde de la bancarrota, es acuciante. ¿Pero hay dinero? ¿Dispone la UE (con el FMI) de 20.000 millones de euros que necesita Ucrania? ¿Hay realmente voluntad? ¿Hay capacidad? Rusia la tiene. Una Rusia dispuesta a usar la fuerza militar y que no ha logrado reconciliarse con ser lo que es, que no es poco, con añoranzas imperiales.
El conflicto interno en Ucrania mutó de forma peligrosa. Empezó cuando el presidente ahora huido de Kiev, Viktor Yanukovich, presionado por Putin, se desdijo de suscribir el acuerdo de asociación con la UE, incompatible con la Unión Euroasiática, y en especial con su unión aduanera que está impulsando Moscú. De un conflicto sobre el destino europeo de Ucrania, el levantamiento popular se convirtió en otro sobre su democratización y modernización, con claras derivas nacionalistas, y, en consecuencia, en una tensión con una Rusia que para “no perder Ucrania” ha intervenido militarmente de una manera injustificable, rompiendo las reglas de la ONU, del Acta de Helsinki y de lo que había sido la posGuerra Fría. Pero al cabo, Ucrania volverá a Europa. Aunque Europa, como ha señalado la alta representante para su Política Exterior, Catherine Ashton, quiere aportar “apoyo pero no injerencia” –aunque esta última se haya dado a raudales– y le ha pedido a los ucranianos que mantengan buenos vínculos con Rusia.
Ucrania es una sociedad divida, y no siempre Este-Oeste o por líneas geográficas claras. Las poblaciones están mezcladas. Un gran trozo de su parte occidental fue incorporado como consecuencia del Pacto entre Hitler y Stalin. Crimea, la clave en esta crisis, se separó de Rusia y se le añadió en 1954 por decisión arbitraria de Nikita Jruschov, entonces dirigente de la Unión Soviética. Tras el derrumbe de esta última, en 1991, hubo cierta tensión entre Moscú y Kiev que se resolvió con el acuerdo para desnuclearizar Ucrania y acoger a la flota rusa en Sebastopol. La parte oriental es más de habla rusa y pro-rusa, y también es la más industrializada. No es seguro que su parte oriental por sí sola resultara en un Estado viable. Y si la calle le ha ganado a las instituciones en Kiev, también lo hace –solo que de forma distinta– en Crimea. Una deriva que no conviene a nadie, sobre todo cuando las armas la acompañan. Aunque ahora es crucial que no se disparen.
Ucrania debe democratizarse y modernizarse, lo que no se logró tras la Revolución Naranja de 2004. De hecho, cuando Yanukovich decidió interrumpir sus conversaciones con la UE, ésta estaba exigiendo, entre otras medidas, una mayor independencia del poder judicial y la puesta en libertad de la ex primera ministra, Yulia Timoshenko, que sólo se ha logrado con la revuelta, aunque dado su pasado ella no represente el mejor futuro para Ucrania. Pero es necesario incorporar a Rusia a toda solución que ha de venir, en primer lugar, de los propios ucranianos. Y no hay solución fácil. A nadie le convendría que Ucrania se partiese o diera paso a una guerra que no sería sólo civil. Nadie en Europa quiere ver erigirse nuevas fronteras. Pero la cuestión de Ucrania no se resolverá de verdad hasta que se haya resuelto la de Rusia y la UE y la OTAN, una cuestión a largo plazo, no de días, semanas o meses. Y todo ocurre en unos momentos en los que los occidentales necesitan a Rusia para abordar la cuestión siria y la iraní. El mundo no se puede permitir este enfrentamiento. Es la hora de la Gran Diplomacia.
Andrés Ortega es investigador senior asociado del Real Instituto Elcano | @andresortegak

Ucrania en crisis: errores de cálculo y errores calculados

Ucrania en crisis: errores de cálculo y errores calculados

Félix Arteaga. Comentario Elcano 15/2014 - 3/3/2014

Félix Arteaga. Investigador principal / Senior Analyst. Elcano 2013Ucrania ha pasado en pocos meses de la ilusión al desastre: de ser cortejada por laUE y por Rusia para mejorar su futuro económico a bordear el enfrentamiento civil, la desmembración territorial y el conflicto armado. Para pasar de la euforia a la depresión en tan poco tiempo es necesario que muchos actores cometan muchos errores. Algunos errores han sido de cálculo, porque se han realizado acciones sin sopesar debidamente sus consecuencias, mientras que otras veces se han cometido errores deliberados buscando intereses particulares.
Los errores comenzaron a acumularse en todos los frentes. El Gobierno de Yanukovich sobreestimó su legitimidad democrática y subestimó el alcance de las revueltas, utilizando el diálogo para ganar tiempo sin realizar concesiones y esperando que la violencia y el cansancio se volvieran en contra de los manifestantes. Los activistas pacíficos se equivocaron al creer que se podían prolongar las movilizaciones sin atraer a ellas a radicales violentos que no tardaron en reemplazar las reivindicaciones políticas por otras antigubernamentales o nacionalistas.
Como resultado –o como causa– del conflicto interno pronto aparecieron en el exterior apoyos y complicidades a los bandos enfrentados. Tomar partido en estas condiciones es una decisión delicada porque afecta a la evolución del conflicto. A diferencia deEEUU y la Federación Rusa, que rápidamente tomaron partido por un bando, la UE mantuvo el diálogo con el Gobierno y con la oposición para buscar una solución negociada al conflicto. El famoso “que le den a la UE” de la subsecretaria estadounidense de Estado, Virginia Nuland, tiene su origen en esa equidistancia mediadora europea, más preocupada por prevenir un conflicto civil en Ucrania que por ganar una competición entre potencias a costa de él. Mientras unos cometían el error de creer que estas revueltas se pueden solucionar sólo con la mediación institucional, otros excitaban a la confrontación, evitando concesiones y buscando ganadores –los suyos– y perdedores –los otros–. Las revueltas mediáticas se deciden en directo desde los escenarios de plazas y calles, por lo que no hay nada como jalear a los partidarios más radicales para ocuparla. Por eso, incluso cuando la mediación europea arrancó concesiones al tambaleante Yanukovich, las movilizaciones arreciaron sin respetar acuerdos ni treguas.
No es menor error idealizar la empatía con las partes. Ya tenemos algunos ejemplos de pro-occidentales fallidos, como Mikhail Salikhasvili de la Revolución Rosa en Georgia y la propia Yulia Timoshenko de la Revolución Naranja de Ucrania, que acabaron mudando de bando o defraudando los valores occidentales. No es difícil fingir ni instrumentalizar lealtades cuando se depende del dinero o la asistencia de unos u otros.
Errores calculados
Otras actuaciones han sido erróneas, no por sus efectos contraproducentes sino porque han buscado deliberadamente esos efectos. Los radicales antigubernamentales y nacionalistas no dudaron en poner en peligro la vida de sus compatriotas porque sabían que subiendo el listón de la violencia pondrían en el disparadero al presidente Yanukovich. Envalentonados, pueden redirigir ahora su violencia contra “los otros”, alimentando depuraciones o limpiezas étnicas y flirteando con la guerra civil. Otros activistas, como los de Lviv, no dudaron en reivindicar la secesión de Ucrania cuando el Gobierno de Kiev no les era favorable. Ellos y los de otras ciudades apostaron por la insumisión civil, crearon unidades paramilitares de autodefensa y plantaron banderas europeas. Esos vientos sembraron las tempestades que ahora recorren Crimea y otras zonas pro rusas (quid pro quo).
La Federación Rusa cree que tiene derecho a preservar una zona de influencia libre de injerencias occidentales, incluso por la fuerza. No es una idea del presidente Vladimir Putin como simplifican las crónicas al uso, es un patrón de comportamiento arraigado en la política exterior y en la seguridad nacional de todos los gobiernos rusos. El presidente Putin puede ser más arrogante que otros y tratar de rentabilizar su agresividad, pero ningún presidente que le suceda se atrevería a contemporizar en la periferia rusa sabiendo que cualquier señal de debilidad en ella se contagiaría al interior. Pero puede cometer el error de ocupar militarmente más territorio del que ahora ocupa en Crimea –para negociar desde una posición de fuerza– y verse atrapado en un enfrentamiento civil.
También se cometen errores cuando se trazan líneas rojas que no pueden defenderse. El presidente Barack Obama debería haber aprendido la lección que el presidente Putin infligió a su antecesor, el mismísimo presidente George Bush, en 2008 cuando también amenazó a Rusia con graves consecuencias que nunca se materializaron. Ni EEUU, ni la OTAN ni la UE fueron más allá de la retórica de las condenas y Georgia quedó fuera de Occidente por mucho tiempo. También es un error utilizar la crisis de Ucrania para pasar factura a Rusia –o al presidente Putin– por agravios pasados o en curso (no faltan despechados en Occidente que se la tengan jurada desde la Guerra y la posGuerra Frías), para vengarse deldesaire de Vilnius a la UE o para encontrar una nueva justificación para la OTAN.
La coexistencia con Rusia no es fácil, pero es un interlocutor necesario contra el que no se puede construir la seguridad europea ni mundial. En la lucha de los valores contra los intereses, pesa mucho esa interdependencia estratégica, energética o políticade muchos países occidentales con Rusia. Y es un error disociar ambos a la hora de tomar las decisiones si no estamos dispuestos a pagar el precio de mantener los valores que proclamamos (contener militarmente su expansión, imponer sanciones económicas, renunciar a su energía, fomentar su aislamiento…).
La situación de Ucrania es complicada, y tardará bastante en solucionarse, incluso si hay contención y buena voluntad. Pero puede empeorar rápidamente si se cometen nuevos errores de cálculo o deliberados. Un riesgo que deberíamos sopesar con prudencia antes de adentrarnos, alegre o desaprensivamente, por la senda incierta de la ingeniería geoestratégica.
Félix Arteaga es investigador principal de Seguridad y Defensa del Real Instituto Elcano | @rielcano

miércoles, 26 de marzo de 2014

Rusia después de Crimea.

#ISPE: Rusia después de Crimea


#ISPE: Rusia después de Crimea

Ocupación, anexión, disuasión, OTAN, Occidente, Rusia… Todos coinciden en que el vocabulario remite a la guerra fría, pero más que al retorno de la política de bloques, la crisis de Crimea apela sobre todo al diseño de una nueva relación con Moscú. La Unión Europea, con Alemania a la cabeza, debe elaborar una política coherente hacia Rusia. La OTAN se enfrenta a un recuperado protagonismo en Europa. En Asia Central temen una resucitada “doctrina Brezhnev” que los convierta en Estados vasallos.
Con su concisión habitual, Informe Semanal de Política Exterior (#ISPE) examina los frentes económicos, militares y políticos que Rusia ha abierto tras su anexión de Crimea. Las dificultades de la comunidad internacional a la hora de responder a la acción de Vladimir Putin parten de la complejidad de todos los intereses en juego.

¿Una nueva guerra fría?
BERLÍN Y LA CONTENCIÓN DE RUSIA
Después de muchos años casi en desuso, el término “Occidente” vuelve a ser utilizado en la prensa mundial para denominar a Estados Unidos y a sus aliados europeos. No es la única señal de que los gélidos vientos de la guerra fría han comenzado a soplar otra vez en el Atlántico norte. La anexión de Crimea por la Federación Rusa va a hacer inevitable el diseño de una estrategia de contención de Rusia.
“Kiev es la madre de todas las ciudades rusas”, dijo Vladimir Putin en la ceremonia en el Kremlin en la que se firmó la anexión, recordando que el colapso soviético convirtió a los rusos en el mayor grupo étnico del mundo dividido por fronteras. Ni Washington ni Bruselas pueden permitirse ignorar esa amenaza sin exponerse a alentar mayores agresiones a la estabilidad europea. Si Ucrania es un Estado ficticio como parece creer Putin, ¿por qué no proceder a su partición? Dado que Crimea depende de Ucrania para el 25% del gas, del 70% de su agua y el 90% de su electricidad que consume, Moscú puede verse tentado a capturar más territorios del sur y el este del país para asegurar los suministros de la península del mar Negro. China, Irán y Corea del Norte están observando con mucha atención lo que ocurre en Ucrania.
Las primeras sanciones de EE UU y la UE, básicamente simbólicas –restricciones a los viajes a sus países de una veintena de asesores políticos de Putin y la congelación de sus activos en el exterior–, han sido ridiculizadas por los sancionados. Entre los nombres no están oligarcas como Igor Sechin, presidente de la petrolera Rosneft, o Alexey Miller, de Gazprom. En 2012 Putin ya había ordenado a los altos funcionarios del Estado ruso repatriar sus fondos depositados en bancos extranjeros.
Sanciones adicionales –las llamadas medidas de “fase 3”– solo se impondrán en el caso de una “desestabilización ulterior” de Ucrania, según fuentes comunitarias. Los siloviki, los exagentes del KGB que forman el núcleo duro del Kremlin, no olvidan el lema fundamental de su antigua organización: Rusia solo es tan grande como el miedo que inspira a sus enemigos. Con un adversario semejante –y que tiene 490.000 millones de dólares en reservas de divisas–, los europeos, que exportan 120.000 millones de dólares al año a Rusia, tendrán que aceptar sacrificios mayores, como los que implicarán imponer cuotas a las importaciones europeas de hidrocarburos rusos.
El 80% de las inversiones directas que recibe Rusia son europeas. Francia, por su parte, tendrá que renunciar a vender a Moscú dos portahelicópteros Mistral por valor de 1.800 millones de dólares, que iban a ser entregados en 2015. Y Londres tendrá que dejar de ser “Londongrad”, residencia y refugio predilecto de los oligarcas rusos y de sus enormes fortunas.
Pero las mayores responsabilidades recaen en Alemania, que deberá reducir su dependencia del gas ruso (el 30% de sus importaciones energéticas). Unos 300.000 puestos de trabajos alemanes dependen del comercio bilateral con Rusia. En 2013 esas transacciones alcanzaron los 77.000 millones de euros. Más de 6.000 compañías alemanas están registradas en Rusia, donde han invertido unos 20.000 millones de euros en los últimos años. Aunque el 30% del gas que consume la UE proviene de Rusia, en el conjunto del mix energético comunitario está por debajo del 10%.
El 15% del PIB ruso depende de su comercio con la UE, mientras que en dirección contraria solo es el 1%. Rusia no puede prescindir del mercado comunitario a corto o medio plazo. Si la UE dejara de comprar los 130.000 millones de metros cúbicos de gas ruso que importó en 2013, las pérdidas para Moscú se elevarían a los 70.000 millones de dólares, el 3% de su PIB. El primer ministro polaco, Donald Tusk, ha advertido que la dependencia alemana del gas ruso “limita la soberanía europea y amenaza su seguridad”.
Mucho dependerá de que la canciller Angela Merkel sea coherente con su promesa de hacer pagar a Putin por haber recurrido a la “ley de la selva” en Crimea. Pero no va a ser fácil pasar de la retórica a los hechos. Un 70% de los alemanes se oponen a las sanciones contra Rusia por la crisis de Crimea.
El excanciller Gerhard Schröder, que es desde 2005 un alto ejecutivo de Gazprom y gestor del gasoducto Nord Stream, ha declarado que Putin es un “demócrata intachable” y ha criticado el apoyo de la UE al gobierno de Kiev. El presidente de la eléctrica alemana E.on, que tiene inversiones por valor de 6.000 millones de euros en plantas eléctricas en Rusia,Johannes Teyssen, también ha criticado en Der Spiegel las sanciones a Moscú.

La respuesta de la Alianza Atlántica
LA ‘PROFUNDIDAD ESTRATÉGICA’ RUSA
La anexión de Crimea por la Federación Rusa no va a alterar la política estrictamente disuasoria de la OTAN en la crisis de Ucrania. El Memorándum de Budapest de 1994 firmado por Rusia, EE UU y Reino Unido en el que se comprometieron a respetar la soberanía de Ucrania a cambio de la renuncia a su arsenal nuclear, no es un tratado de defensa vinculante, sino solo un acuerdo sin compromisos militares específicos. Pero ahora la OTAN tendrá que decidir qué hacer con su recuperado protagonismo estratégico en Europa.
Los analistas de defensa están impresionados por la disciplina, eficacia y rapidez con la que las Spetnaz, las fuerzas especiales rusas, se hicieron con el control de Crimea. Desde 2000, Vladimir Putin ha cuadruplicado el gasto en defensa ruso, hasta el 3,78% del PIB en 2013.
La Alianza Atlántica se ha limitado por el momento a enviar una docena de cazas F-16 desde Italia a Polonia, así como seis F-15 y dos aviones cisterna a Lituania, aviones Awacs a Rumania y a realizar maniobras navales en el mar Negro con un buque búlgaro, tres rumanos y uno de EE UU. En adelante se van a reforzar los ejercicios militares Steadfast Jazz, en cumplimiento del artículo V, como los del pasado noviembre en Polonia y el Báltico, los primeros en una década.
En términos militares, nada de ello inquieta a Moscú dado que hoy por hoy no hay voluntad para implicarse en la defensa de un país que no supone un interés estratégico vital para sus principales miembros. Otra cosa es que a mdio plazo se refuercen las capacidades militares de los países de primera línea, con el aceleramiento del despliegue del escudo antimisiles y con programas de asistencia técnica, entrenamiento militar y suministro de equipos de defensa a Ucrania. Si se produce una escalada, será inevitable un cambio de tendencia de los países miembros para dedicar al menos un 2% del PIB a la defensa, un nivel que hoy solo cumplen en Europa Reino Unido, Estonia y Grecia.
Quedan fuera de la agenda, además, posibles despliegues de armas nuclea – res –tanto tácticas como estratégica– en territorios de los países de la ampliación de la OTAN, sobre los que Rusia mantiene una estrecha vigilancia. Previsiblemente, Rusia se concentrará ahora en digerir a Crimea. Su despliegue militar en la península bloquea cualquier posible respuesta de Kiev y disuade intervenciones exteriores. Los analistas creen que los próximos pasos de Moscú podrían ser absorber a Transnistria, la república rusófona separatista de Moldavia, y la anexión de Abjazia y Osetia del Sur, las repúblicas escindidas de Georgia en 2008 tras la intervención militar rusa. Pero Moscú no va a renunciar a Bielorrusia y Ucrania. Si lo hace, perdería su profundidad estratégica, de la que ha dependido históricamente para defenderse de agresiones externas. Durante la guerra fría, la primeras fronteras de la OTAN con Rusia estaban a 1.000 kilómetros de San Petersburgo. Hoy están a un centenar. Y el punto más cercano de Ucrania está a 500 kilómetros de Moscú.

Vulnerabilidad en Europa del Este
EL FRÍO DE MOSCÚ LLEGA AL BÁLTICO
La crisis de Crimea ha puesto a las tres repúblicas bálticas, Lituania, Estonia y Letonia, en la primera línea de las tensiones entre Rusia y Occidente. Era previsible. Estonia y Letonia albergan minorías rusas que superan el 25% de su población. Según Kadri Liik, analista estonio del European Council on Foreign Relations, nunca antes los países bálticos se habían sentido tan agradecidos de pertenecer a la OTAN.
En 1999 fueron unas de las primeras repúblicas soviéticas en declarar su independencia. Aunque los tres países estuvieron en la primera oleada de la ampliación de la OTAN en 2004, solo en 2009 la Alianza diseñó un plan militar de contingencia para su defensa bajo los términos del artículo v. Su sensación de vulnerabilidad ante Rusia explica que el vicepresidente de EE UU, Joseph Biden, y el ministro de Exteriores alemán, Frank-Walter Steinmeier, visitaran Varsovia y las capitales bálticas en plena crisis de Crimea para transmitir el mensaje de apoyo de Washington y Bruselas.
La OTAN ha enviado a Lituania seis F-15, que se suman a los cuatro que ya tenía desde el pasado enero. El reforzamiento del dispositivo para la defensa del espacio aéreo de las repúblicas bálticas compromete a España, cuyos aviones de combate deberán participar en las rotaciones en 2016.
Rusia provee a las repúblicas bálticas casi todo el gas que consumen y por el que pagan un precio algo superior al de la media europea. Para reducir esa dependencia, el gobierno lituano está impulsando un proyecto para anclar una terminal flotante de procesamiento de gas licuado frente a sus costas. Vilna espera poder procesar hasta un 60% del consumo anual lituano de gas y que esté operativo para principios de 2015. Además, quiere construir una central nuclear pan-báltica que suministre electricidad a las tres repúblicas, después de verse obligada a cerrar la de Visaginas en 2009 por no cumplir con los estándares mínimos de seguridad nuclear exigidos por la UE.
Las infraestructuras energéticas y de transporte de la región están orientadas abrumadoramente hacia Moscú, lo que complica su conexión con Europa central y occidental. La capacidad de presión rusa sobre esos países no se limita a la energía, como demostró el bloqueo al que fueron sometidos los productos lácteos de Lituania mientras tuvo la presidencia semestral de la UE. Rosprotrebdnadzor, la agencia estatal encargada de las importaciones rusas, ha prohibido en otras ocasiones los vinos de Moldavia y Georgia. En julio de 2013 le tocó el turno a los caramelos y chocolates Roshen ucranianos.
Otra de las consecuencias de la crisis de Crimea en la zona será la puesta en marcha de medidas de discriminación positiva para sus minorías rusas, de modo que se sientan más integradas en sus respectivos Estados. En Letonia la minoría rusa, del 27%, llega al 40% en la capital, Riga. Durante su reciente crisis económica –en la que el PIB cayó un 24%– la tasa de desempleo entre los ciudadanos de origen ruso superó en varios puntos al de los letonios.

Inquietud en Asia Central
¿SOBREVIVIRÁ LA UNIÓN EUROASIÁTICA?
El pulso de Rusia con Ucrania ha sido siempre parte de una estrategia de más largo alcance de Moscú, que ahora quiere recuperar su hegemonía sobre el antiguo espacio geopolítico soviético atrayendo a sus antiguas repúblicas a la Unión Económica Euroasiática (UEE), que en sus planes se constituirá en 2015. De las regiones centroasiáticas proceden buena parte de los 11,2 millones de inmigrantes que viven en Rusia.
En la UEE en formación están ya comprometidos Bielorrusia y Kazajistán. Kirguizistán y Armenia, por su parte, también han aceptado en principio integrarse a ella. En una cumbre celebrada en Moscú el 5 de marzo, los presidentes del núcleo duro de la futura organización –Vladimir Putin, el bielorruso Alexandr Lukashenko y el kazajo Nursultán Nazarbayev–, mostraron que el proceso seguía adelante a pesar de la crisis ucraniana. Pero la anexión de Crimea ha alterado el escenario, generando dudas sobre los supuestos beneficios que la UEE conllevará para sus miembros. Ahora ha quedado claro que Moscú buscará ejercer un dominio incontestable sobre ese futuro espacio económico. Sin embargo, en la región es cada vez más visible la influencia rival de Turquía, India, Irán y China.
Por un lado, los regímenes autoritarios centroasiáticos temen el contagio del modelo “Euromaidan” de Kiev y valoran la protección militar rusa frente a las amenazas yihadistas, que podrían agudizarse tras la próxima retirada de la OTAN de Afganistán. Pero al mismo tiempo, temen que Rusia quiera volver a convertirlos en Estados vasallos bajo una resucitada “doctrina Brezshnev” de soberanía limitada. En el peor de los escenarios, Putin podría alegar la “protección” de las minorías rusas para intervenir militarmente en ellos.
En Kazajistán, la minoría rusa representa el 22% de la población y en el norte del país llega al 90%. En ese país está además el cosmódromo de Baikonur. Nazarbayev es un firme aliado de Putin, pero quiere ampliar su margen de maniobra para no ver limitados sus vínculos económicos con la UE y China. El PIB kazajo es mayor que el de todos los demás países centroasiáticos juntos. El país es ya el mayor productor mundial de uranio y está entre los 10 con mayores reservas de cobre, hierro, carbón, zinc, plomo y oro.
A su vez, Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán quieren evitar cualquier tipo de fricción con Putin, pero tampoco quieren perder su autonomía. Turkmenistán, por ejemplo, es el tercer mayor productor mundial de gas.
Los medios uzbekos, férreamente controlados por el presidente Islam Karimov, se refirieron a la invasión rusa de Crimea calificándola de meras “maniobras militares rusas en la región”. Tayikistán alberga en su suelo a 7.000 efectivos de una brigada rusa que se ocupa de proteger la frontera con Afganistán. Más crítico con Moscú se ha mostrado Kirguizistán. En 2010 la presión económica y mediática rusa provocó la caída del presidente Kurmanbek Bakiyev por autorizar una base aérea del Pentágono.

lunes, 24 de marzo de 2014

Catalunya

La estrategia del desbordamiento

La Asamblea Nacional Catalana quiere ejercer el doble papel de guardiana y vanguardia del proceso de independencia de Cataluña. Lo considera irreversible y lo empujaría de manera decisiva si hiciera falta

 24 MAR 2014 -
Es bastante evidente que el clima de tensión política y de incertidumbre ante el envite soberanista en Cataluña no se puede sostener indefinidamente. 2014 es un año taumatúrgico pero, una vez finalizado, cuando hayan caído todas las hojas del calendario, es de suponer que volveremos a recuperar un ambiente más sosegado y, esperemos, bastante menos atiborrado de propaganda. La urgencia y el determinismo histórico del proyecto secesionista perderá mucha fuerza, sobre todo si la famosa consulta anunciada para el 9 de noviembre no se lleva a cabo y, más aún, si Artur Mas no convoca para entonces elecciones anticipadas como sucedáneo. A medida que nos adentremos en el 2015 y nos aproximemos a las elecciones generales previstas para finales de ese año, el independentismo radical lo tendrá bastante difícil para provocar el llamado choque de legitimidades.
En el siguiente ciclo político, la pulsión secesionista se convertirá en un factor crónico de tensión, en un elemento de desestabilización grave, pero sin posibilidades de producir un jaque mate al orden constitucional. Principalmente porque, en condiciones normales, el muro de la legalidad es insalvable. Y porque, además, el conflicto es irresoluble en los términos que se plantea. Pero eso no significa que el envite vaya a desaparecer sino todo lo contrario: está más bien llamado a enquistarse muchos años. Como ha escrito el exdiplomático Carles Casajuana (El secesionismo catalán y la Unión Europea; EL PAÍS, 13 de marzo de 2014), nuestra pertenencia al club europeo actúa de garantía para que las reglas de juego democráticas se respeten por parte de ambos Gobiernos. Como nadie puede doblegar al otro, lo más probable es que el pleito se prolongue. Ahora bien, los políticos y los partidos no son los únicos actores del tablero catalán. Ya apunté tiempo atrás, cuando todavía nadie hablaba de riesgo insurreccional, que la presión del entramado asociativo secesionista es enorme y que se propone influir decisivamente en el desarrollo de los acontecimientos (El accidente insurreccional; EL PAÍS, 11 de julio de 2013).
Hay un sector radical que sí imagina, desea incluso, ver a los tanques entrando por la Diagonal
Después del éxito de la cadena humana en la pasada Diada, la Asamblea Nacional Catalana (ANC), presidida por Carme Forcadell, antigua militante de ERC, se ha convertido en un actor relevante. Es una entidad que cuenta con 50.000 miembros, entre socios y colaboradores, una implantación territorial muy amplia, considerables recursos económicos y una notable capacidad logística. Además, ha logrado institucionalizar algunas iniciativas importantes, como la campaña “Firma un voto” con la ayuda de los casi 700 ayuntamientos que hoy integran la Asociación de Municipios por la Independencia. Dicha iniciativa, que se basa en el derecho de petición, recogido en la Constitución y regulado en la legislación, pretende reunir el mayor número posible de firmas para, llegado el caso, transformarlas en un voto que legitime una ulterior declaración unilateral de independencia del Parlamento catalán o, incluso, como veremos después, por parte de algún otro organismo que se atribuya la representación popular. Paralelamente la ANC se dispone a aprobar, a principios de abril, una hoja de ruta 2014-2015 cuyo borrador ha llamado poderosamente la atención, pues certifica que su estrategia es la de forzar un desbordamiento popular a favor de la secesión. Su objetivo es evitar que el conflicto entre en una vía muerta, se enquiste, fatigue a los ciudadanos y pierda fuerza. En definitiva, que se desperdicie lo que muchos consideran que es un momento de apoyo excepcional a la independencia. Por eso concentra toda su esperanza en un calendario de poco más de siete meses, entre la celebración de la próxima Diada y el día de Sant Jordi del 2015, fecha elegida para que Cataluña proclame la secesión, de una forma u otra.
En dicho documento queda patente la voluntad de vigilar atentamente el proceso, que la ANC considera ya del todo irreversible, y de empujarlo de manera decisiva si hiciera falta. La entidad se atribuye el doble papel de guardiana y vanguardia para afrontar los cuatro escenarios que considera más probables: a) que la consulta se lleva a cabo “de forma más o menos tolerada”, en un clima de estabilidad y fiabilidad suficientes; b) que se haga “con la oposición total del aparato jurídico, político y mediático del Estado español” y, por tanto, con déficits de participación; c) que no se lleve a cabo porque el Gobierno catalán considere que “la situación política y social no lo permite”; y d) que la consulta no se haga porque “la Generalitat ha sido política y jurídicamente suspendida”. En los dos primeros escenarios, el papel de la ANC es de acompañamiento y refuerzo de la Generalitat, mediante una serie de acciones, como campañas masivas para que triunfe la opción del doble sí y constituyendo organizaciones unitarias para garantizar el activismo en todos los pueblos, barrios y ciudades. Aquí la entidad actuaría de guardiana, como agente de presión e incluso, se puede leer entrelíneas en el documento, ejerciendo la coacción, particularmente con los ayuntamientos que no fueran favorables a la consulta o la obstaculizasen por colisionar con la legalidad constitucional.
Pero lo más inquietante no es eso, sino el papel de vanguardia dirigente que se atribuye la ANC en los otros dos escenarios. Veamos primero la situación más improbable, la suspensión de la Generalitat. Ante esa circunstancia la entidad se propone constituir una asamblea de cargos electos de cualquier nivel (local, autonómico, estatal y europeo) para proceder a la declaración de independencia. Anteriormente, en el momento en que quedase claro que no se va a celebrar la consulta, entraría en funcionamiento una asamblea de alcaldes para garantizar “las estructuras políticas administrativas mínimas” ante los escenarios más complicados, organismo que se pondría a las órdenes del Presidente de la Generalitat. Del texto se desprende que Catalunya viviría una situación parecida a un estado de sitio, que obligaría a la autoorganización civil. El lector puede pensar que estamos ante un relato de ficción, pero lo peligroso es que hay un sector del independentismo radical que sí imagina, desea incluso, ver a los tanques entrando por la Diagonal.
Si se creara un escenario insurreccional, la entidad pasaría a encarnar la voluntad del pueblo
Por último, tenemos el escenario políticamente más probable. En septiembre, inmediatamente después de que el Parlamento catalán apruebe la ley de consultas no referendarias, Mas firmará el decreto de convocatoria, sin dar tiempo a que el Gobierno español pueda antes recurrir dicha ley al Tribunal Constitucional y evitar así la firma del decreto. El líder de CDC no busca celebrar la consulta sino únicamente apuntarse un gesto de enorme trascendencia para el nacionalismo: ser el primer presidente de la Generalitat que ha convocado oficialmente a los catalanes a autodeterminarse. Sabe que el Estado va a anular la consulta y que, aunque el Gobierno catalán se empeñase en llevarla a cabo, no pasaría los mínimos democráticos exigibles a nivel internacional (Víctor Andrés Maldonado, ¿Un referéndum democrático?;EL PAÍS, 28 de febrero de 2014). Pero eso a Mas no le preocupa. Siempre podrá argumentar que él cumplió su promesa, pero que Madrid se lo impidió. Con ese triunfo simbólico, su deseo es sortear el 2015, con la incógnita primero de las elecciones municipales y luego de las generales.
Aquí es donde la estrategia de la ANC está diseñada para desbocar la retórica oportunista de Mas, forzándole a anticipar elecciones tras las cuales, una mayoría independentista, declare la secesión. Aunque no haya cita con las urnas, no cabe duda de que el solo gesto de firmar la convocatoria de la consulta va a alentar muchísimo el desbordamiento popular que persigue la ANC, pudiéndose crear un escenario insurreccional el que la entidad pase a encarnar la voluntad del pueblo. Algo de eso ya vimos en 2012 cuando de alguna manera el poder de decisión pareció transferirse a la calle. Y estoy convencido de que no vamos a conocer previamente muchos de los detalles de su plan. En esas circunstancias, un Mas muy presionado puede verse obligado a convocar elecciones. Pero lo más probable es que, antes de eso, denuncie solemnemente la falta de democracia en España y con ello legitime la estrategia del desbordamiento que persigue la ANC.
Joaquim Coll es historiador.

Rusia

Ucrania: Eurasia versus Atlántica

Putin recupera la autoestima de Rusia reconstruyendo su vocación imperial

 24 MAR 2014 El País

Crimea no es crítica: Ucrania lo es. En su territorio va a librarse una pugna que prefigurará el futuro de Rusia y de Europa. Tras la disolución de la Unión Soviética en 1991, Rusia vivió una década catastrófica, experimentando un declive demográfico, económico y militar que desmoralizó a su población y desconcertó a sus élites, pero el acceso de Vladimir Putin a la presidencia en 2000 abrió un periodo de recuperación de la autoestima y del protagonismo internacional, basado a partes iguales en la estabilidad institucional de un régimen autoritario y en el incremento del precio de los combustibles fósiles que exporta.
Como han subrayado tantos estudiosos de la geopolítica desde Halford Mackinder, la extraordinaria extensión —once husos horarios— de unas llanuras interminables sin límites naturales nítidos que faciliten su defensa ha creado en Rusia una sensación permanente de inseguridad. Tras su derrota en la Guerra Fría, esa sensación se agudizó con las intervenciones occidentales en Serbia o Irak, ejecutadas sin temor a Rusia o respeto a sus intereses, creando una conciencia de país cercado que explica la agresiva política de Putin en defensa de sus áreas de influencia, en Georgia en 2008 o estos días en Crimea. Pero en el empeño por reconstruir un imperio euroasiático, la pieza esencial sigue siendo Ucrania, y es difícil imaginar la renuncia de Moscú al legado cultural y geográfico de la Rus de Kiev, su cuna histórica en la alta Edad Media.
La geopolítica, tan influyente a principios del siglo pasado, adquirió mala fama por su asociación al empeño germano en ampliar su Lebensraum,pero tras la caída del Muro de Berlín ha vuelto a reclamar atención como una eficaz herramienta para interpretar los conflictos del mundo. Robert Kaplan, que con su bestseller de 2012 La venganza de la geografía ha hecho tanto por popularizar la disciplina fundada por Mackinder, cita las declaraciones a Rossiyskaya Gazeta del ministro de Asuntos Exteriores ruso Andréi Kozyrev menos de un mes después de la disolución de la Unión Soviética: “Nos dimos cuenta enseguida de que la geopolítica está reemplazando la ideología”.
Vulnerable como nunca lo había sido en tiempos de paz, Rusia ha estado desde entonces preocupada por garantizar su seguridad con unglacis de Estados no hostiles, un esfuerzo sin duda dificultado por la ampliación de la OTAN con una decena de países del antiguo Pacto de Varsovia. En su expresión más reducida, la nueva alianza política y económica debería tomar la forma de la Unión Euroasiática, que Putin ha anunciado para 2015, y que además de Rusia incluiría Bielorrusia y Kazajistán —amén de otras repúblicas menores de Asia Central—, pero cuya materialización geográfica parecería amputada si finalmente Ucrania se inclina por la Unión Europea, como anunciaba el acuerdo de asociación que ha desencadenado la actual crisis.

La Unión Europea ha alentado las revueltas de Kiev de forma más retórica que responsable
Agudamente consciente de sus intereses geopolíticos, pero ayuna de otra ideología que no sea el nacionalismo granrruso —y por tanto incapaz de oponer a la democracia liberal occidental un conjunto de valores atractivos en los que basar unpoder blando— Rusia ha recurrido a la confusa amalgama de tradicionalismo de sabor ortodoxo y conservadurismo revolucionario que expresa elocuentemente la obra del politólogo Aleksandr Dugin —en ocasiones descrito como el Rasputín de Putin, y curiosamente ausente del muy difundido libro de Kaplan—, cuya tesis sobre la oposición entre el imperio terrestre de Eurasia y el marítimo de Atlántica (esencialmente, Estados Unidos y Gran Bretaña) se ha hecho popular entre las élites políticas y militares del país.
Alimentado tanto por el tradicionalismo de René Guénon y Julius Evola como por el realismo totalitario de Carl Schmitt y Ernst Jünger o la Nueva Derecha de Alain de Benoist, Dugin ha dado nueva vida a la añeja idea de Mackinder sobre la Heartland euroasiática como the Geographical Pivot of History, en continuidad con la doctrina también euroasiática del príncipe Nikolái Trubetzkoy y el historiador Lev Gumilev, y preconizando el eje Berlín-Moscú-Teherán como elemento esencial de una telurocracia opuesta a la talasocracia americana. Con su obra de 1997Los fundamentos de la geopolítica: pensando espacialmente el futuro de Rusia, libro de texto en las academias militares, Dugin pasó de la marginalidad extravagante al establishment político e intelectual, y no hace falta decir que en su defensa de un imperio postsoviético enfrentado al atlantismo y los valores liberales, Ucrania acaba siendo la clave del arco, porque sin ella la Eurasia que promueve carece de sentido.
La Unión Europea, que se sabe cada vez menos dependiente del gas ruso, ha alentado las revueltas de Kiev de forma más retórica que responsable, asociándose a un equívoco Euromaidán y desafiando a una Rusia que percibe sus intervenciones en Georgia o Crimea como esencialmente defensivas, una circunstancia que pocos analistas occidentales reconocen. Dugin, que sin ser el ideólogo del régimen es quien ha acuñado para él un pensamiento geoestratégico más coherente, ha declarado recientemente que “la crisis ucrania es una guerra de continentes”, y solo cabe esperar que las próximas semanas o meses desmientan su diagnóstico.
Luis Fernández-Galiano es arquitecto.

domingo, 23 de marzo de 2014

Ucrania y Crimea, un gran conflicto

Ucrania y Crimea, un gran conflicto
Editorial - Política Exterior 158
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"La historia no se repite, pero tiene rima", escribe Margaret MacMillan en su imprescindible ensayo sobre las lecciones de la Primera Guerra mundial. La escalada del conflicto que estalló en Ucrania el otoño pasado ha llevado a las tropas rusas a ocupar Crimea. Los países occidentales amenazan con sanciones a Moscú. La prensa internacional ha recuperado un lenguaje de guerra fría. Como aconseja la historiadora canadiense, parece el momento para "echar la vista atrás, aunque no dejemos de mirar adelante".

Pequeños o grandes incidentes producen cada día imprevisibles consecuencias. Pero hay corrientes de fondo que explican la realidad y trazan pistas sobre el futuro. Ese es el objetivo de Política Exterior al publicar trabajos como el de MacMillan, que explica con clarividencia la mezcla de nacionalismo, populismo, alianzas clientelares y dirigentes con sueños de grandeza que llevaron a la Gran Guerra. Encontramos mucho de todo esto en la crisis de Ucrania y en la respuesta de Rusia.

El deseo de Moscú de mantener su influencia creando una Unión Euro­asiática en el espacio exsoviético tiene una lógica en términos económicos y de seguridad. Con razones o sin ellas, Rusia se siente cercada por Occidente, amenazada en sus fronteras e intereses. Una economía y una demografía en retroceso son los mayores impedimentos a la proyección de su poder. La Rusia de Putin es, además, una combinación de Estado policial y corrupción. Lo cual no es simplificar, aunque el doble factor esté presente en tantos rasgos de la vida pública rusa, desde la cumbre a la pequeña provincia. Brutalidad policial unida a corrupción no lo explica todo, de acuerdo; pero explica un nervio central del país. La represión policial está presente en Rusia, en horizontal, geo­gráficamente, desde San Petersburgo a Vladivostok; o en vertical, desde los círculos plutocráticos altos, dependientes casi todos del Kremlin, a las localidades remotas.

Ucrania está integrada en Rusia, o quizá mejor, Rusia en Ucrania, desde mediados del siglo XVII. Esa integración ucraniorrusa es, por ejemplo, contemporánea de Velázquez, de Felipe IV o del joven Luis XIV. Pero Ucrania no quiere ser, y no lo será posiblemente, un servidor de Rusia. Ucrania tiene la fuerza imborrable –no son vaguedades– de su personalidad. Kiev era una capital del naciente Estado de los Romanov cuando Velázquez pintaba Las Meninas.

Una de las consecuencias más desestabilizadoras de la no imposible guerra entre Rusia y Ucrania sería la transformación impredecible de las relaciones de Moscú con Occidente. El director del centro Carnegie de Moscú, Dmitri Trenin, asegura que la crisis de Crimea producirá "cambios en el equilibrio de poder global, con Rusia en abierta competición con Estados Unidos y la UE en el este de Europa".

Ante la deriva del conflicto, en Ucrania se temían dos respuestas de Moscú: la presión a Kiev a través de la energía, como sucedió en 2006 y 2009, cuando el gigante Gazprom cortó los suministros a Ucrania; y la ocupación de Crimea. El despliegue de tropas en la república autónoma es la respuesta beligerante de un país con una economía en retroceso, consciente de que la herramienta energética tiene los días contados.

Los países de Europa oriental llevan años invirtiendo en nuevos proyectos de infraestructuras energéticas para facilitar las importaciones de gas natural de otros lugares. Aunque se tardará aún años para que esos proyectos estén operativos y proporcionen energía a precios competitivos, están destinados a limitar la dependencia energética de Rusia.

Otro fenómeno de mayor alcance es la revolución shale en Estados Unidos. Robert D. Blackwill y Meghan L. O'Sullivan analizan en este número las consecuencias geopolíticas del incremento en la oferta energética mundial, entre ellas la bajada del precio del petróleo. El precio actual en torno a los 100 dólares ya ha supuesto una reducción de las previsiones de crecimiento de la economía rusa. "Aunque Occidente pudiera ver con buenos ojos las dificultades de Rusia, una Rusia más débil no significa necesariamente una Rusia menos conflictiva. Si los precios bajos debilitasen a Putin, se fortalecerían las fuerzas más nacionalistas y Rusia podría tratar de mantener su influencia regional de una forma más directa, incluso mediante la proyección de su poderío militar", advierten los autores.

Lo que vemos hoy en Crimea puede interpretarse como el regreso de la guerra fría: también como el primer episodio de un cambio geopolítico profundo a las puertas de la UE.

viernes, 21 de marzo de 2014

Ucrania, Pilar Bonet

Militares ucranianos en Crimea piden órdenes a sus dirigentes irresponsables

Por:  20 de marzo de 2014
Señores que se proclaman dirigentes de Ucrania. Ustedes no tienen ni un gramo de vergüenza. Lo dicen los oficiales y soldados, los marineros, las tropas de guardacostas, las del interior y otros muchos uniformados que están en la península de Crimea esperando a que ustedes abran la boca, asuman responsabilidades y les digan lo que tienen que hacer. Si como parece, no quieren que se enfrenten a los rusos, ¿qué quieren? ¿qué se rindan? ¿Qué se vayan a sus casas? ¿Qué ofrecen, señores dirigentes, a quienes han estado dispuestos a defenderlos, si ustedes lo hubieran pedido? ¿Qué ofrecen a quienes sufren las consecuencias de su miopía e incompetencia tras haber creído en un país tan rico en oportunidades,ahora perdidas?

En diversas guarniciones y unidades militares ucranianas de Crimea jóvenes desmoralizados han esperado durante días a que ustedes, que se dicen dirigentes de Ucrania y que se preparan para seguir siéndolo, les den instrucciones. Pero todo lo que obtienen son frases convencionales y evasivas. “Tengan paciencia”, “Crimea es y será ucraniana” “Pronto resolveremos su caso”. Son palabras que suenan grotescas a los oídos de esos muchachos que se siente abandonados y que se resisten un día tras otro a pasarse de bando, no ya por patriotismo, no ya porque crean en quienes se dicen líderes de Ucrania, sino por decencia personal, por autoestima, porque han prestado juramento y, para verse liberados de él, necesitan que quienes dicen representar al Estado les exima de las responsabilidades asumidas.
Desde hace varias semanas, los uniformados ucranianos no se enfrentan a las armas de sus colegas rusos, sino a las tentaciones que los rusos ponen ante ellos, si se avienen a jurar lealtad a Rusia: mejores sueldos, posibilidad de quedarse en la península, prestaciones sociales, integración en cuerpos militares que cada vez se sienten más seguros.
Kiev calla, y la Rada Estatal (el parlamento) ha cerrado sus puertas hasta el día 25 sin resolver el problema de sus militares. Son miles. Están en los buques de guerra, en la base de Yepatoria, en Sebastopol, en la base de Perevalna. Algunos no resisten más la presión psicológica y el sentimiento de abandono. El buque insignia Donbás y otros dos buques más acaban de izar la bandera rusa. La principal academia militar de la marina de Ucrania, la antigua academia Najímov, en Sebastopol, se ha transformado ya en una academia de marina rusa abierta a los ucranianos que quieran seguir sus estudios allí.
En Kiev cuentan que los activistas del Sector de Derechas, uno de los grupos radicales que combatieron en el Maidán, no están a gusto en la Guardia Nacional, porque no ven con buenos ojos que les manden los policías profesionales con los que tal vez se enfrentaron durante las refriegas de la capital. Los dirigentes de Kiev tienen tantas dificultades para meter en cintura a los extremistas del Maidán como para dirigir a sus uniformados de Crimea, pero los primeros les ningunean y los segundos aguardan órdenes, las que sean, pero órdenes y las órdenes no son la libertad de usar las pistolas a discreción.
¿Qué puede esperarse de unos jóvenes que han sido abandonados por quienes se dicen los líderes de este país? ¿Qué clase de ciudadanos serán en el futuro? En Sebastópol, un amigo, que fue oficial de la marina ucraniana, está hundido: “Esa es la peor tragedia para Ucrania”, afirma. Mi amigo comparte el dolor de otros ucranianos de Crimea, que juzgan por los hechos y no por las consignas. “Durante años Ucrania no ha trabajado por conservar Crimea. Ucrania es como un hombre que se casara con una mujer bonita y no hiciera nada por retenerla. Así que lo lógico es que ella se vaya”, dice.