#ISPE: Rusia después de Crimea
24/03/2014
Ocupación, anexión, disuasión, OTAN, Occidente, Rusia… Todos coinciden en que el vocabulario remite a la guerra fría, pero más que al retorno de la política de bloques, la crisis de Crimea apela sobre todo al diseño de una nueva relación con Moscú. La Unión Europea, con Alemania a la cabeza, debe elaborar una política coherente hacia Rusia. La OTAN se enfrenta a un recuperado protagonismo en Europa. En Asia Central temen una resucitada “doctrina Brezhnev” que los convierta en Estados vasallos.
Con su concisión habitual, Informe Semanal de Política Exterior (#ISPE) examina los frentes económicos, militares y políticos que Rusia ha abierto tras su anexión de Crimea. Las dificultades de la comunidad internacional a la hora de responder a la acción de Vladimir Putin parten de la complejidad de todos los intereses en juego.
¿Una nueva guerra fría?
BERLÍN Y LA CONTENCIÓN DE RUSIA
Después de muchos años casi en desuso, el término “Occidente” vuelve a ser utilizado en la prensa mundial para denominar a Estados Unidos y a sus aliados europeos. No es la única señal de que los gélidos vientos de la guerra fría han comenzado a soplar otra vez en el Atlántico norte. La anexión de Crimea por la Federación Rusa va a hacer inevitable el diseño de una estrategia de contención de Rusia.
“Kiev es la madre de todas las ciudades rusas”, dijo Vladimir Putin en la ceremonia en el Kremlin en la que se firmó la anexión, recordando que el colapso soviético convirtió a los rusos en el mayor grupo étnico del mundo dividido por fronteras. Ni Washington ni Bruselas pueden permitirse ignorar esa amenaza sin exponerse a alentar mayores agresiones a la estabilidad europea. Si Ucrania es un Estado ficticio como parece creer Putin, ¿por qué no proceder a su partición? Dado que Crimea depende de Ucrania para el 25% del gas, del 70% de su agua y el 90% de su electricidad que consume, Moscú puede verse tentado a capturar más territorios del sur y el este del país para asegurar los suministros de la península del mar Negro. China, Irán y Corea del Norte están observando con mucha atención lo que ocurre en Ucrania.
Las primeras sanciones de EE UU y la UE, básicamente simbólicas –restricciones a los viajes a sus países de una veintena de asesores políticos de Putin y la congelación de sus activos en el exterior–, han sido ridiculizadas por los sancionados. Entre los nombres no están oligarcas como Igor Sechin, presidente de la petrolera Rosneft, o Alexey Miller, de Gazprom. En 2012 Putin ya había ordenado a los altos funcionarios del Estado ruso repatriar sus fondos depositados en bancos extranjeros.
Sanciones adicionales –las llamadas medidas de “fase 3”– solo se impondrán en el caso de una “desestabilización ulterior” de Ucrania, según fuentes comunitarias. Los siloviki, los exagentes del KGB que forman el núcleo duro del Kremlin, no olvidan el lema fundamental de su antigua organización: Rusia solo es tan grande como el miedo que inspira a sus enemigos. Con un adversario semejante –y que tiene 490.000 millones de dólares en reservas de divisas–, los europeos, que exportan 120.000 millones de dólares al año a Rusia, tendrán que aceptar sacrificios mayores, como los que implicarán imponer cuotas a las importaciones europeas de hidrocarburos rusos.
El 80% de las inversiones directas que recibe Rusia son europeas. Francia, por su parte, tendrá que renunciar a vender a Moscú dos portahelicópteros Mistral por valor de 1.800 millones de dólares, que iban a ser entregados en 2015. Y Londres tendrá que dejar de ser “Londongrad”, residencia y refugio predilecto de los oligarcas rusos y de sus enormes fortunas.
Pero las mayores responsabilidades recaen en Alemania, que deberá reducir su dependencia del gas ruso (el 30% de sus importaciones energéticas). Unos 300.000 puestos de trabajos alemanes dependen del comercio bilateral con Rusia. En 2013 esas transacciones alcanzaron los 77.000 millones de euros. Más de 6.000 compañías alemanas están registradas en Rusia, donde han invertido unos 20.000 millones de euros en los últimos años. Aunque el 30% del gas que consume la UE proviene de Rusia, en el conjunto del mix energético comunitario está por debajo del 10%.
El 15% del PIB ruso depende de su comercio con la UE, mientras que en dirección contraria solo es el 1%. Rusia no puede prescindir del mercado comunitario a corto o medio plazo. Si la UE dejara de comprar los 130.000 millones de metros cúbicos de gas ruso que importó en 2013, las pérdidas para Moscú se elevarían a los 70.000 millones de dólares, el 3% de su PIB. El primer ministro polaco, Donald Tusk, ha advertido que la dependencia alemana del gas ruso “limita la soberanía europea y amenaza su seguridad”.
Mucho dependerá de que la canciller Angela Merkel sea coherente con su promesa de hacer pagar a Putin por haber recurrido a la “ley de la selva” en Crimea. Pero no va a ser fácil pasar de la retórica a los hechos. Un 70% de los alemanes se oponen a las sanciones contra Rusia por la crisis de Crimea.
El excanciller Gerhard Schröder, que es desde 2005 un alto ejecutivo de Gazprom y gestor del gasoducto Nord Stream, ha declarado que Putin es un “demócrata intachable” y ha criticado el apoyo de la UE al gobierno de Kiev. El presidente de la eléctrica alemana E.on, que tiene inversiones por valor de 6.000 millones de euros en plantas eléctricas en Rusia,Johannes Teyssen, también ha criticado en Der Spiegel las sanciones a Moscú.
La respuesta de la Alianza Atlántica
LA ‘PROFUNDIDAD ESTRATÉGICA’ RUSA
La anexión de Crimea por la Federación Rusa no va a alterar la política estrictamente disuasoria de la OTAN en la crisis de Ucrania. El Memorándum de Budapest de 1994 firmado por Rusia, EE UU y Reino Unido en el que se comprometieron a respetar la soberanía de Ucrania a cambio de la renuncia a su arsenal nuclear, no es un tratado de defensa vinculante, sino solo un acuerdo sin compromisos militares específicos. Pero ahora la OTAN tendrá que decidir qué hacer con su recuperado protagonismo estratégico en Europa.
Los analistas de defensa están impresionados por la disciplina, eficacia y rapidez con la que las Spetnaz, las fuerzas especiales rusas, se hicieron con el control de Crimea. Desde 2000, Vladimir Putin ha cuadruplicado el gasto en defensa ruso, hasta el 3,78% del PIB en 2013.
La Alianza Atlántica se ha limitado por el momento a enviar una docena de cazas F-16 desde Italia a Polonia, así como seis F-15 y dos aviones cisterna a Lituania, aviones Awacs a Rumania y a realizar maniobras navales en el mar Negro con un buque búlgaro, tres rumanos y uno de EE UU. En adelante se van a reforzar los ejercicios militares Steadfast Jazz, en cumplimiento del artículo V, como los del pasado noviembre en Polonia y el Báltico, los primeros en una década.
En términos militares, nada de ello inquieta a Moscú dado que hoy por hoy no hay voluntad para implicarse en la defensa de un país que no supone un interés estratégico vital para sus principales miembros. Otra cosa es que a mdio plazo se refuercen las capacidades militares de los países de primera línea, con el aceleramiento del despliegue del escudo antimisiles y con programas de asistencia técnica, entrenamiento militar y suministro de equipos de defensa a Ucrania. Si se produce una escalada, será inevitable un cambio de tendencia de los países miembros para dedicar al menos un 2% del PIB a la defensa, un nivel que hoy solo cumplen en Europa Reino Unido, Estonia y Grecia.
Quedan fuera de la agenda, además, posibles despliegues de armas nuclea – res –tanto tácticas como estratégica– en territorios de los países de la ampliación de la OTAN, sobre los que Rusia mantiene una estrecha vigilancia. Previsiblemente, Rusia se concentrará ahora en digerir a Crimea. Su despliegue militar en la península bloquea cualquier posible respuesta de Kiev y disuade intervenciones exteriores. Los analistas creen que los próximos pasos de Moscú podrían ser absorber a Transnistria, la república rusófona separatista de Moldavia, y la anexión de Abjazia y Osetia del Sur, las repúblicas escindidas de Georgia en 2008 tras la intervención militar rusa. Pero Moscú no va a renunciar a Bielorrusia y Ucrania. Si lo hace, perdería su profundidad estratégica, de la que ha dependido históricamente para defenderse de agresiones externas. Durante la guerra fría, la primeras fronteras de la OTAN con Rusia estaban a 1.000 kilómetros de San Petersburgo. Hoy están a un centenar. Y el punto más cercano de Ucrania está a 500 kilómetros de Moscú.
Vulnerabilidad en Europa del Este
EL FRÍO DE MOSCÚ LLEGA AL BÁLTICO
La crisis de Crimea ha puesto a las tres repúblicas bálticas, Lituania, Estonia y Letonia, en la primera línea de las tensiones entre Rusia y Occidente. Era previsible. Estonia y Letonia albergan minorías rusas que superan el 25% de su población. Según Kadri Liik, analista estonio del European Council on Foreign Relations, nunca antes los países bálticos se habían sentido tan agradecidos de pertenecer a la OTAN.
En 1999 fueron unas de las primeras repúblicas soviéticas en declarar su independencia. Aunque los tres países estuvieron en la primera oleada de la ampliación de la OTAN en 2004, solo en 2009 la Alianza diseñó un plan militar de contingencia para su defensa bajo los términos del artículo v. Su sensación de vulnerabilidad ante Rusia explica que el vicepresidente de EE UU, Joseph Biden, y el ministro de Exteriores alemán, Frank-Walter Steinmeier, visitaran Varsovia y las capitales bálticas en plena crisis de Crimea para transmitir el mensaje de apoyo de Washington y Bruselas.
La OTAN ha enviado a Lituania seis F-15, que se suman a los cuatro que ya tenía desde el pasado enero. El reforzamiento del dispositivo para la defensa del espacio aéreo de las repúblicas bálticas compromete a España, cuyos aviones de combate deberán participar en las rotaciones en 2016.
Rusia provee a las repúblicas bálticas casi todo el gas que consumen y por el que pagan un precio algo superior al de la media europea. Para reducir esa dependencia, el gobierno lituano está impulsando un proyecto para anclar una terminal flotante de procesamiento de gas licuado frente a sus costas. Vilna espera poder procesar hasta un 60% del consumo anual lituano de gas y que esté operativo para principios de 2015. Además, quiere construir una central nuclear pan-báltica que suministre electricidad a las tres repúblicas, después de verse obligada a cerrar la de Visaginas en 2009 por no cumplir con los estándares mínimos de seguridad nuclear exigidos por la UE.
Las infraestructuras energéticas y de transporte de la región están orientadas abrumadoramente hacia Moscú, lo que complica su conexión con Europa central y occidental. La capacidad de presión rusa sobre esos países no se limita a la energía, como demostró el bloqueo al que fueron sometidos los productos lácteos de Lituania mientras tuvo la presidencia semestral de la UE. Rosprotrebdnadzor, la agencia estatal encargada de las importaciones rusas, ha prohibido en otras ocasiones los vinos de Moldavia y Georgia. En julio de 2013 le tocó el turno a los caramelos y chocolates Roshen ucranianos.
Otra de las consecuencias de la crisis de Crimea en la zona será la puesta en marcha de medidas de discriminación positiva para sus minorías rusas, de modo que se sientan más integradas en sus respectivos Estados. En Letonia la minoría rusa, del 27%, llega al 40% en la capital, Riga. Durante su reciente crisis económica –en la que el PIB cayó un 24%– la tasa de desempleo entre los ciudadanos de origen ruso superó en varios puntos al de los letonios.
Inquietud en Asia Central
¿SOBREVIVIRÁ LA UNIÓN EUROASIÁTICA?
El pulso de Rusia con Ucrania ha sido siempre parte de una estrategia de más largo alcance de Moscú, que ahora quiere recuperar su hegemonía sobre el antiguo espacio geopolítico soviético atrayendo a sus antiguas repúblicas a la Unión Económica Euroasiática (UEE), que en sus planes se constituirá en 2015. De las regiones centroasiáticas proceden buena parte de los 11,2 millones de inmigrantes que viven en Rusia.
En la UEE en formación están ya comprometidos Bielorrusia y Kazajistán. Kirguizistán y Armenia, por su parte, también han aceptado en principio integrarse a ella. En una cumbre celebrada en Moscú el 5 de marzo, los presidentes del núcleo duro de la futura organización –Vladimir Putin, el bielorruso Alexandr Lukashenko y el kazajo Nursultán Nazarbayev–, mostraron que el proceso seguía adelante a pesar de la crisis ucraniana. Pero la anexión de Crimea ha alterado el escenario, generando dudas sobre los supuestos beneficios que la UEE conllevará para sus miembros. Ahora ha quedado claro que Moscú buscará ejercer un dominio incontestable sobre ese futuro espacio económico. Sin embargo, en la región es cada vez más visible la influencia rival de Turquía, India, Irán y China.
Por un lado, los regímenes autoritarios centroasiáticos temen el contagio del modelo “Euromaidan” de Kiev y valoran la protección militar rusa frente a las amenazas yihadistas, que podrían agudizarse tras la próxima retirada de la OTAN de Afganistán. Pero al mismo tiempo, temen que Rusia quiera volver a convertirlos en Estados vasallos bajo una resucitada “doctrina Brezshnev” de soberanía limitada. En el peor de los escenarios, Putin podría alegar la “protección” de las minorías rusas para intervenir militarmente en ellos.
En Kazajistán, la minoría rusa representa el 22% de la población y en el norte del país llega al 90%. En ese país está además el cosmódromo de Baikonur. Nazarbayev es un firme aliado de Putin, pero quiere ampliar su margen de maniobra para no ver limitados sus vínculos económicos con la UE y China. El PIB kazajo es mayor que el de todos los demás países centroasiáticos juntos. El país es ya el mayor productor mundial de uranio y está entre los 10 con mayores reservas de cobre, hierro, carbón, zinc, plomo y oro.
A su vez, Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán quieren evitar cualquier tipo de fricción con Putin, pero tampoco quieren perder su autonomía. Turkmenistán, por ejemplo, es el tercer mayor productor mundial de gas.
Los medios uzbekos, férreamente controlados por el presidente Islam Karimov, se refirieron a la invasión rusa de Crimea calificándola de meras “maniobras militares rusas en la región”. Tayikistán alberga en su suelo a 7.000 efectivos de una brigada rusa que se ocupa de proteger la frontera con Afganistán. Más crítico con Moscú se ha mostrado Kirguizistán. En 2010 la presión económica y mediática rusa provocó la caída del presidente Kurmanbek Bakiyev por autorizar una base aérea del Pentágono.
No hay comentarios:
Publicar un comentario